La Revolución se come a sus hijos

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La Constituyente es el final del Estado de Derecho, la Constituyente no avalada por el pueblo es la copia fotostática de Cuba. De esa isla que se come a sus hijos, de esa isla que sobrevive en su poder a costa de la pobreza de su gente. Esta es la historia de Roberto, un amante enamorado de la revolución, hasta el día que un soplón, logró acabar con sus privilegios.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Esta es la historia de Roberto Pérez. Es una historia antigua, de un país que vive desde hace más de 50 años con la miseria y la represión en su gobierno. Es la historia de un cubano. Puede ser la de cualquiera, hay muchas similares. Simplemente es el relato de una sociedad oprimida que no ha podido volar por culpa de un gobierno que hoy pretende extender definitivamente sus hilos de poder a un país con abundantes riquezas naturales.

Roberto era un joven con un buen cargo, gerente general de Aeropostal Alas de Venezuela en Cuba, cuando esa línea aérea era privada. Todavía no había pasado a manos del Estado venezolano. Roberto gozaba de enormes privilegios, si se comparaba con que lo que vivían muchos de sus conocidos, incluso de sus familiares más cercanos. Entre esas ventajas se contaba que podía viajar. Podía liberarse de esa continua persecución que viven los cubanos, podía comer un poco más variado que pollo y puerco, ese menú que los que quienes tenían unas pocas monedas más, tenían el privilegio de poner en su mesa.

En sus viajes a Venezuela o a otros destinos a los que Aeropostal volaba para vender el turismo de su isla, Roberto era libre. Su libertad siempre la entendió como un regalo que la revolución le daba a su esfuerzo de trabajo, a que había estudiado varios idiomas y sobre todo, a su lealtad al proceso revolucionario.

Su amor sin límites era hacia Fidel Castro y al Ché Guevara, ese argentino que por el arte de la propaganda y los sentimientos se convirtió en cubano. Así lo ratifica un buen amigo, quien asegura que Nicolás Maduro más que colombiano es cubano, porque al fin de cuentas se crió en Cuba, su pensamiento está radicalmente subyugado al comunismo de la isla y ha permitido que el gobierno de los Castro intervenga directamente en todas las direcciones e instituciones de Venezuela. Por eso, acertadamente, mi amigo insiste en que Maduro es cubano.

En su teoría, asegura que Ramón Mercader, el que asesinó a Trotsky, más que español y catalán, era soviético, porque seguía la doctrina y el pensamiento leninista tan al pie de la letra que fue capaz de matar por la ideología que profesaba. Lo mismo sucede con el Ché, quien más que argentino su pensamiento se adaptó de tal forma a la revolución cubana que es el símbolo del comunismo de la isla.

Roberto era un seguidor furibundo de esos personajes que desde niño había aprendido a seguir fielmente. Ese fervor fue el que le permitió ir por el mismo camino de los protegidos de la revolución. El podía comprar artefactos eléctricos en el exterior y sacar provecho de todos y cada uno sus viajes por el mundo.

Roberto no era empleado de Aeropostal. Como no lo era ninguno de los que trabajaban en la oficina que la línea tenía en el hotel Habana Libre o en el aeropuerto. Todos eran contratados por el Estado, a quien Aeropostal tenía que solicitar los trabajadores que necesitaba para sus oficinas. Es más o menos lo que ocurre con muchos de los médicos cubanos en Venezuela. El sueldo se los paga Cuba.

Aunque Roberto tuviera el cargo de gerente general, era el Estado cubano el encargado de fijar su sueldo y de pagarle. Aeropostal tenía que pagar en dólares lo que Cuba consideraba que valían los cargos creados y los empleados asignados. Por supuesto que la diferencia era significativa. Ellos pagaban miserias a sus empleados y recibían de manos de la empresa altas asignaciones en dólares.

Roberto tenía suerte, como muchos de los trabajadores de la línea aérea, por debajo cuerda recibía dólares mensuales de Aeropostal, lo que le permitía ahorrar y gozar de ciertos privilegios.

Se había divorciado así que vivía solo y con las ventajas de su cargo. A veces se ocupaba de sus hijos. Unos muchachos con muchísimas carencias de ropa y alimentos, de juegos y por supuesto de tecnología y que vivían en un edificio de varios pisos. Sin ascensor, por supuesto y con vidrios rotos. Esa era y es la realidad de la isla. Muchos vidrios rotos.

Era capaz el gerente de Aeropostal de recitar de memoria la carta del Che Guevara a Fidel. La llevaba prendada en su rosario de letanías revolucionarias. Esa misiva, junto con su himno y su fidelidad, eran su carta de presentación y orgullo. Alababa que había cortado caña de azúcar y que había logrado escalar en su posición. No permitía, bajo ningún concepto, que alguien se atreviera a hablar mal de su proceso.

Admitía con naturalidad que los “sapos” se pasearan a escondidas entre la población. Que acusaran cualquier disidencia de sus vecinos y que llamaran la atención de los policías si veían que un cubano hablaba más de la cuenta con un turista. Las jineteras, esas jóvenes que se prostituyen por hambre o por gusto, eran su menú de ofertas para quienes iban a la isla a trabajar o a pasar el rato.

Y así vivía, feliz, en medio de la pobreza en la que nadaba todo a su alrededor. Hasta que llegó un día en el que la carta del Che, se hizo añicos y la revolución le dio tan duro en la cara que no supo levantarse. Hasta que llegó el día que llamaron a su puerta y sin previo aviso se vio acusado por algún camarada que no lo vio con buenos ojos y que había tomado un camino más rápido y brillante a los ojos de la revolución. Hasta que llegó el día que tocaron a su puerta y le dijeron que el Estado tenía para él otro destino, que ya no trabajaría más en Aeropostal.

De nada valieron las lisonjas, de nada valieron los reclamos de la línea aérea, ni los regalos al jefe de la Aviación Civil, ni las cartas, ni los deseos. Roberto tendría un nuevo destino.

De ahora en adelante sería un obrero. Pintaría las paredes de los lugares públicos. Cambiaría los recitales de la revolución por limpiarle la cara a las fachadas. Ya no habrían más viajes. Ya no habrían más DVD y películas nuevas. Ya no habría más pabellón criollo, ni puntas traseras. Ya solo habría en su mesa pollo o puerco, y eso, en las ocasiones que la cartilla, esa especie de bolsa CLAP, se lo permitiera.

Roberto, aquel día, llorando por el destino cruel que su lealtad le había dibujado solo acertó a decir, que la “revolución se come a sus hijos”

Ese es solo uno de los detalles de esa revolución que la Constituyente quiere dejar como huella, en un país que los cubanos, nacidos o no en la isla, pretenden hacer con los pocos derechos que todavía quedan en Venezuela gracias a la Constitución que quieren bombardear, como lo hacen a diario con un pueblo desarmado.