Cuando se den cuenta que es mejor luchar por un país que por un gobierno

Share on Facebook11Tweet about this on TwitterShare on Google+0Email this to someone


@Olivarescfc



Un extraño hecho sucedió en uno de los partidos de la Vinotinto. Un grupo de Guardias Nacionales compartió su televisor con un joven que caminaba por Plaza Venezuela en uno de los juegos de la Sub20. ¿Habrá sido un detalle de bondad en la cabeza de quienes a diario salen a reprimir y a torturar o habrá sido que el deporte les hizo perder el miedo a quienes los tratan como esclavos? Tal vez ese esfuerzo de la oncena venezolana, les de la valentía a muchos para colocarse del lado de la justicia y la libertad


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Un día soñé, dibujé, imaginé, que Venezuela volvía a ser la de siempre, la de los helados por las calles, la de los papelillos en carnaval, la del que se da un abrazo en la calle después de indicar la dirección. Un día soñé, dibujé, imaginé a esa Venezuela que todavía vive en la sangre de los muchachos que guerrean en las calles y que paran su lucha para darle la mano a una señora que los acompaña bandera en mano. Un día soñé, dibujé, imaginé que esa Venezuela que se quita la máscara antigás para dársela al de al lado. En esa Venezuela buena, solidaria, que ríe a pesar de las adversidades.

Un día soñé, dibujé, imaginé a ese país que se apretujó delante de un televisor y se levantó temprano para ver jugar a unos héroes que juntos le daban patadas a un balón. A tantas horas de distancia, tan lejanos, mientras otros muchachos tan iguales están en las calles dándole patadas a unas bombas que tiran sin piedad otros jóvenes, desde otro lado de la barrera, sin pensar que pueden acabar con la vida de alguien que pudo en un mañana haberlos salvado.

La Vinotinto como símbolo tuvo una inspiración momentánea de unión en esta Venezuela que un pequeño grupo de piratas intenta hundir en el más profundo y oscuro de los océanos. La Vinotinto, sacó a flote unas esperanzas entremezcladas con el orgullo nacional. La Vinotinto demostró que hasta aquellos sin conciencia del tiempo y del futuro, tienen el sueño de ver volar en alto el nombre del país que les dio la vida.

Cuentan que un joven se acercó a una tanqueta en Plaza Venezuela. Cuentan, que se dio cuenta que los cinco guardias que estaban dentro, entre cajas de bombas lacrimógenas, perdigones y metras, veían el juego de la Vinotinto. Estaban viendo como once muchachos hacían historia sobre un campo verde, tras una pelota. Luchaban libres.

El joven se acercó a esos guardias, enredados en aparatosos uniformes. Quizás en el único momento de libertad que tenían bajo esas escafandras, cuando no tenían la espada de su superior sobre sus espaldas, cuando no tenían las órdenes de los piratas que tienen tomado este barco. El joven les pidió si podía ver el juego con ellos. Le dieron una mano y lo subieron y lo vieron y celebraron. 

Tal vez allí estaba el joven que le devolvió el violín a Wuilly Moisés Arteaga, después que otro de los que más se venden al opresor, lo arrastro por el asfalto. Tal vez allí estaba el que derramó una lágrima cuando una anciana se le acercó y le dijo que no tenía medicinas. Tal vez allí estaba un joven que tenía un hermano de juegos en la otra línea de fuego. ¿Quién sabe? Tal vez estaba el próximo desertor. Tal vez allí estaba el joven que mañana se bajará de esa tanqueta porque se dará cuenta que del lado del gobierno siempre será un vendido, que del lado del gobierno será un esclavo.

Casi seguro en esa tanqueta que les da valor, no estaban los que tienen colocados en su pecho la etiqueta de esbirro, de cómplice, de asesinos.

El deporte une, sí. Pero también une la lucha de todos, todos. No solo la de un grupo de valientes, que ven que su futuro está a punto de desaparecer por la imposición de esta dictadura de terror, de desalmados, de piratas tomando el barco. Esta lucha debe estar también en las manos de quien mira para otro lado, de quien abre su negocio día a día, a pesar que cien metros más allá, las bombas ahogan a un anciano. Esta lucha no es solo de los fotógrafos que se arriesgan a retratar cómo esos jóvenes en sus escafandras atacan y asesinan a un pueblo desarmado, por las órdenes de unos individuos que no se mojan. Esta lucha también debe ser de los que hacen arte con sus cámaras. Debe ser de todos.

Es la tierra que nos dio la vida la que puede perecer. Por eso necesitamos que todos nos demos el abrazo de un gran juego, el abrazo de un gran país. El abrazo de la libertad, porque estar oprimidos y ordenados por quienes reparten migajas mientras se embolsillan a la nación, solo conseguirán un mal puesto en la historia.