Somos millones, una manifestación que soñó con el futuro

Share on Facebook11Tweet about this on TwitterShare on Google+0Email this to someone

pan



futuro


Somos millones. Y lo somos. La voz de los venezolanos acompañó hoy sus pasos. La resistencia se apoderó de cada corazón. Los que allí estuvieron pidieron cambio, fin de la dictadura, de la represión. Los que allí estuvieron están comprometidos con una Venezuela distinta. Fueron horas de sol y paz. Horas de esperanza y retos. Horas en los que la juventud abrazó a los viejos. Horas en la que los “escuderos” se preparaban en silencio para la constante represión. Hasta que la represión llegó.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Habían muchos rosarios. Muchos. El rosario se convirtió en un collar que llevan casi todos, una protección. Los hay transparentes, rosados, con los colores de la bandera. Un escudo que se guindan al cuello para acompañarse de Dios, para implorar, para rezar. La gente esta mañana comenzó a caminar. Siguió las directrices de la Unidad. La marcha de somos más. Así empezó, más y más personas. En cada Estado. En Caracas llegaban por todos lados. Banderas tricolores, gorras y entusiasmo. Siempre con un poco de miedo. La represión se esconde en el lugar menos esperado.

La autopista Francisco Fajardo se empezó a llenar. Personas mayores, matrimonios de toda una vida caminaban con cuidado, pero firmes, con determinación. Amigas, grupos, familias. Todos se dirigían con paso firme hacia el Distribuidor de Los Ruices. Allí era el punto de encuentro entre el este y el oeste. Llenar ese espacio de personas, era un reto que se cumplió. En ese lugar cabe más gente que en cualquier otro lado y la gente respondió. La isla que separa las dos vías estaba atiborrada de los que lograron un puestico. La Carlota expectante no respondía, no respiraba, no existía.

Seguían llegando y pasando fotógrafos. Buscando qué retratar, qué caras, qué sonrisas, qué sueños se escondían detrás de cada uno de los que allí caminaban. Jóvenes, muchos jóvenes también iban derecho al punto de encuentro, a uno de los puntos que prometen libertad y el deseo de acabar con esta pesadilla.

Otros con sus pancartas, con sus ideas plasmadas en objetos, en cartulinas, en pedazos de papel…y banderas. Muchas banderas ondeando bajo un cielo azul y un sol inclemente. Así fueron pasando las horas desde las diez de la mañana para demostrar que “somos más”…

Los vendedores ambulantes hicieron su agosto. Ellos son los que no pierden ocasión de sacar pacas de billetes de cien que todavía no desaparecen, unos billetes que bailan el juego de la silla, a ver si son descalificados y siempre, a última hora, consiguen un puesto para seguir. Banderas, franelas, sombreros, pitos, chupi chupi, cotufas, raspados, helados, eran mercadeados.

Estaban también los universitarios, con sus franelas, organizados, juntos. Una piña llena de empuje y determinación. De pronto aparecían los que en estos cincuenta días de resistencia han sido llamados como “escuderos”. El calor apretaba y ellos estaban convertidos en artistas, en los protagonistas de la jornada. Algunos más arriesgados que otros en su vestimenta. Pero todos con elementos básicos. Pañuelo en la cara, lentes, guantes, máscaras antigás, unas más elaboradas que otras, zapatos de goma y determinación. Se colaban entre la gente. Algunos pedían dinero.

Los escudos son variados. Redondos, cuadrados, rectangulares. Los pintan, se los arrebatan a la Guardia Nacional, son de latón, de madera, antenas de directv, de sueños, de muchos sueños acumulados. Todos se reagrupan y se dispersan. Algunos se adelantan a la lucha y se reúnen con las bombas molotov que han preparado. En grupos pequeños se las reparten. Otros dejan sus morrales en el suelo, los protegen con sus cuerpos y esperan a la repartición.

Se cuelan entre los viejos, reciben las fotos mirando a la cámara, dan entrevistas. Las señoras los felicitan, los hombres les preguntan sus próximos pasos. Los teléfonos y las cámaras se elevan buscando imágenes. Dicen que fueron más de 200 mil personas que llegaron a pie, sin autobuses.

Pasa un helicóptero de la policía, luego otro. Como siempre lo pitan, lo desprecian. Las manos se elevan al cielo, los señalan y les retratan directamente con esa expresión tan venezolana de “pintarle una paloma”. Eran cientos de palomas pintadas en el aire.

Llegaban los políticos. Algunos se retrataban, otros iban directos, a lo suyo. Hablaron. Dijeron en voz alta lo que todos dicen en voz baja. Las denuncias y las metas salían por megáfonos. Juan Andrés Mejías hizo una prueba para el futuro. Siéntense, levanten las manos, levántense. Todos coreaban las sugerencias y todos en silencio se comprometían con un futuro de protestas. Habló Henrique Capriles Radonski. Apoyó a los presos, se refirió a las carencias y sobre todo, recordó la lucha, los objetivos.  “Si ustedes quieren saber quién es el jefe, es el gordo…” “Maduro CDM” y se corrió rápido el insulto y salió de cada boca, de cada uno de las más de 200 mil personas que allí estaban. Habló y lo dijo: “vamos al Ministerio de Relaciones Interiores”, sin el complicado nombre que la revolución le ha dado.

Dicho y hecho. Los manifestantes dieron media vuelta y cambiaron el rumbo hacia el lugar prohibido, hacia el punto de la ciudad vetado a los venezolanos. Las caras seguían comprometidas. Las pancartas se voltearon. Las letras que protestaban en frases se reacomodaron.


Los escuderos con sus escudos, sus guantes y piedras hacían grupos compactos, caminaban como trenes, pegados, rápidos. Una mano en el hombro que le precedía, y otra, y otra. Iban directo a encontrarse con la represión.


Algunos que estaban vestidos como el resto, empezaron a sacar de sus morrales la indumentaria que los iba a acompañar en la lucha. Hombres y mujeres. Muchachos. Cada uno con su objetivo, todos juntos para defenderse y cohesionarse en la lucha. La marcha se fue haciendo silencio. Todos caminaban en silencio. Sabiendo hacia dónde iban y cuál sería el destino. Se agachaban, tomaban una piedra, le aconsejaban a los que descansaban a un lado que se levantaran. No era cuestión de lucha, era cuestión de prudencia. Los policías y la guardia se los llevan.

Las bombas empezaron en el lugar de siempre. La inclemencia, la barbarie se inició en El Rosal, en Chacaito. Los escuderos sabían que iba a ser así. ¿Tienes miedo?, No o sí, le tengo miedo al hambre, a la falta de medicinas, al futuro con este gobierno, ¿por qué lo haces? porque tengo hijos, porque estudio y tengo sueños, porque no es posible que mi tío murió y hubo que hacer cola para enterrarlo.

Un creativo terrorista del gobierno, se copió de los árabes, como lo hicieron en Maracaibo contra Paúl Moreno, y se llevó con su carro a algunos por delante. Gracias a Dios no hubo muertos. Hubo rabia. Una rabia con la que gritaban a los Guardias y los llaman asesinos. Una rabia que no entiende esa fuerza desproporcionada.

El joven del violín se atrevió a acercarse a los Guardias que lanzaban bombas. Lo acompañaba una muchacha en la flauta. Les pedía paz. La paz se las devolvieron con salvajismo, le tiraron a la melodía del Himno Nacional, una bomba lacrimógena para acallar las notas. La música no vive en los corazones de los Guardias.