De PNB a Colectivo, un paso para defender a la revolución

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colectivo


Edwin quiso ser un día policía y defender la justicia y la verdad, meter presos a los malandros y poner orden en la ciudad. La revolución le permitió ser PNB, pero se convirtió en un trabajo riesgoso y mal pagado, por eso un día entró a formar parte de los colectivos. Desde entonces gana más, tiene moto propia, armamento y revolución.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
La historia de Edwin no fue fácil. Nació en un barrio como tantos miles de venezolanos. Con carencias e inseguridad, con una madre que le dio tres hermanos de padres diferentes y una abuela que lo crió cuando su mamá no estaba. Nunca quiso estudiar, eso de ponerse a leer libros y a escribir en un cuaderno no era lo suyo.

Su tío abuelo, era policía. El lo veía llegar cada día a su casa y hablar de cómo había acabado con un poco de malandros, contaba que se los había llevado presos y se vanagloriaba de su trabajo en pro de la seguridad del país. El lo veía uniformado y le gustaba. Por eso decidió que ese era el camino que quería seguir. Ser policía o bombero. Escogió lo primero, le gustaba aquel traje planchado que se ponía cada mañana el hermano de su abuela.

Se metió a Policía Nacional Bolivariana. Ese cuerpo que creó Hugo Chávez Frías en el 2009. El mismo que estaba en los afiches que su abuela ponía en las paredes del rancho y a quien le pedía un día y otro también que lo sacara adelante a él y a sus hermanos. Así que nada mejor que ser un policía de Chávez.

En el barrio sus amigos de juegos, con los que se entretenía en las escaleras o volaba papagayos en la platabanda de la casa de Lucrecia, la vecina de cuatro casas más arriba, comenzaron a mirarlo mal cuando llegaba con uniforme. Ellos no hacían nada, allí estaban día y noche. Algunos se habían unido a unas bandas y él comenzaba a ser su enemigo. Pero él quería seguir jugando con ellos. Los llamaba, a veces aceptaban que se sentara en la escalera del rancho de El Catire. Ese chamo había logrado alquilar una casa para él y su novia, Yelitza que estaba embarazada. Edwin sabía que El Catire no andaba en buenos pasos, pero él no era como su tío abuelo, él tenía amigos en todos lados. Además eran otros tiempos. 

Empezó a gustarle una muchacha con la que bajaba cada mañana a agarrar el jeep. Le hablaba y al principio ella ni sonreía. Hasta que Xiomara, que así se llamaba, le permitió acompañarla cada día. Ella aprovechaba y le pedía cada vez más cosas para estar con él. Eran regalitos. A Edwin le gustaba mucho esa muchacha, !caramba¡.

El sueldo que tenía en la Policía Nacional no le alcanzaba para llevar a su casa y comprar los regalos. Además la cosa se ponía cada vez más difícil. Comenzaron los enfrentamientos de la oposición con el gobierno y él tenía que salir a reprimir. Llegaba cansado a la casa, exhausto. Cada día se le hacía más complicado conseguir comida. Su abuela hacía colas interminables para poder llevar algo del mercado, y él también tenía que resolver para poder colaborar con la casa y hacer la cola los días en que tocaba a su cédula. En cambio El Catire, nadaba en la abundancia. Andaba en full de malos pasos, Edwin lo sabía, pero no podía hacer nada, no podía perseguirlo y mucho menos denunciarlo. Era un pacto de infancia y un pacto de supervivencia en el barrio.

Cada día estaba más agotado y Xiomara le pedía más cosas y además ya tenía una barriga y un futuro. Un día se encontró con un grupo de compañeros que ya no estaban en la policía. Vivían por el centro y se habían juntado con los del Partido Socialista Unido de Venezuela, el PSUV. Le contaron que hicieron con ellos un grupo de ex policías y les dieron motos, armas, comida y un buen sueldo. Además, no tenían que trabajar tanto como cuando eran PNB. Solo ayudar en el barrio, seguir las directrices de los dirigentes del PSUV y quedarse con la mejor parte de lo que repartían. Tenían acceso a los alimentos porque ellos los manejaban. Lo único más difícil que tenían que hacer en su grupo era amedrentar, asustar a propios y extraños, demostrar su poder y su fidelidad a la revolución. ¡Ah, y recibir órdenes! y a eso ya estaban acostumbrados.

Uno de los del grupo, que lo conocía, lo invitó a unirse al colectivo, a los círculos bolivarianos del oeste de la ciudad. Allí cerca de la Alcaldía de Libertador. De pronto soñó con lo que tenía El Catire y sintió que entrar en los círculos lo iba a diferenciar. Iba a seguir siendo policía, podía tener una camisa planchada como su tío abuelo y al final de cuentas, también tenía que seguir haciendo como su abuela, decir que Chávez vive y la lucha sigue.

Edwin se convirtió en miembro de un colectivo. En estos días lo ha tenido más difícil porque la orden es saquear, armar alboroto, disparar al aire o no, es decir, disparar a cualquier lado. Atacar. Defender la revolución.

Por eso le advirtió a los panas que se cuiden, que sus negocios van a estar bien, pero que no salgan. Son sus nuevos vecinos porque  al final, se mudó de barrio y ahora tiene que cuidar a los que viven cerca de sus chamos, de los hijos que tiene con Xiomara que van a un colegio privado. Ahora con la camisa bien planchada ya no será como su tío abuelo, pero tiene moto propia, armamento y revolución.