La feligresía de El Nazareno gritó libertad

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el nazareno


Los chavistas, colectivos, paramilitares, cualquier cosa que se les pueda llamar a estos grupos que son capaces de entrar a la Casa de Dios y profanar la devoción de sus semejantes, empañaron la celebración del día de El Nazareno de San Pablo. El Cristo de la iglesia Santa Teresa sufrió hoy el insulto en su casa de la intolerancia. ¿Cómo llamarán hoy los jerarcas del gobierno al asedio a los tranquilos fieles y al Arzobispo de Caracas?


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Libertad, libertad, libertad. Así gritaban en coro los fieles de El Nazareno de San Pablo en la misa que ofició por su día el cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas. Hasta que llegaron esos grupos que poco conocen de libertades y valores, esos grupos pagados con dádivas miserables que solo esperan que las migajas caigan a sus pies. El fervor estaba unido en el templo, en la Iglesia que desde finales del siglo XIX alberga la imagen de El Nazareno, hasta que la paz y la devoción fueron asaltadas por hordas dominadas desde el gobierno.

Rezaban los feligreses, rezaban y pedían en sus corazones por el cese la violencia, porque haya paz, porque se aleje del país esa fuerza que persigue, que doblega, que destruye esperanzas y voluntades. Cantaron el himno nacional, como en los últimos días se entona en las misas venezolanas. Escucharon atentos la homilía de Monseñor Urosa quien pedía por una Venezuela unida, sin represiones.

¿Pero qué significa eso para los que están dominados por el odio y la revancha? De pronto, esa fuerza que los ofusca, que los agrupa en un grupo salvaje llamado colectivo, que no son otra cosa que grupos paramilitares, los llevó a cumplir las órdenes del jefe mayor e irrumpieron la misa de El Nazareno. Son los mismos colectivos que llevan y traen a la Asamblea, o que desde un rincón escondido atacan a las marchas. Son las primeras fuerzas de choque del municipio Libertador. Entraron a interrumpir el rezo, a interrumpir los deseos, a interrumpir el silencio de los feligreses en su relación con Dios.

Gritaban viva Maduro, como si con eso la vida se les fuera a resolver, como si con eso pudieran encontrar medicinas, como si con eso tuvieran una intercesión directa con la divinidad y lograran curar a sus enfermos. Gritaban “Chávez vive la lucha sigue”, como si con eso lo fueran a resucitar.


Los fieles, vestidos de morado, como manda la tradición, los sacaron a patadas, a patadas del templo de Dios. También les gritaron, les gritaron libertad y los llamaron asesinos.


Trataron de agredir al Arzobispo de Caracas, la gente lo protegió. Tuvo que entrar la policía. Una misa católica, de fervor y tradición fue interrumpida y profanada. “En la esquina de Miracielos agoniza la tradición”, dice el primer verso de El Limonero del Señor de Andrés Eloy Blanco.

En la esquina de Miracielos entraron los esbirros. Pero ya es irremediable, por más que se empeñen los que defienden al gobierno en cambiar la historia, por más que se empeñen en acabar con las tradiciones, la Iglesia católica en cada homilía denuncia las afrentas, en cada homilía pide paz y unión, en cada homilía rechaza a este gobierno opresor, en cada homilía en la casa de Dios, le recuerda al mundo que el gobierno de Maduro es el gobierno de un dictador.

El año pasado la Guardia Nacional rodeó con sus armas a El Nazareno de San Pablo, este año las agresiones irrumpieron su culto. En otros rincones del país, también profanaron su figura, pero son miles de nazarenos, los que por el mundo andan, son miles de nazarenos los que escuchan las suplicas, son muchas voces las que piden por el fin de la tiranía y de la opresión.