Carlitos, sucio, vaga por la calle rodeado de afiches de la patria

Share on Facebook6Tweet about this on TwitterShare on Google+0Email this to someone




La vida de Carlitos y su hermanita, no es muy diferente a la de María y Judith y a la de Juan Carlos e Yris, así son las historias de los que deambulan buscando comida en la basura, porque ya no tienen la ayuda de la Misión, porque no les llega la famosa bolsa Clap y porque a su papá lo mataron cuando lo agarraron robando.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Carlitos y Lucía no pueden ir a la escuela. El tiene 9 años y su hermanita 7. Viven en un rancho, arriba, muy arriba de la montaña de Petare, desde donde observan a toda Caracas, las luces que brillan en la noche y las autopistas con carros que se detienen en las horas de mayor cogestión. No pueden ir a la escuela porque no hay quien los reciba. Viven con su mamá entre cuatro paredes de hojalata y tienen hambre, mucha.

Yajaira es su mamá. Tiene 22 años, casi 23 y aunque sigue teniendo cara de niña, la vida le ha cobrado las inclemencias de la sociedad. Ya ella había acompañado a su mamá en la calle, cuando era pequeña. Lo único que recuerda de aquel entonces es que en una de las paredes de su casa, su mamá había colocado un afiche de Hugo Chávez, porque ese señor, le decía su mamá, había jurado cambiarse el nombre si habían más niños de la calle, de esos que como ella acompañaban a su madre en los semáforos para pedir comida. Pero Yajaira si podía ir a un colegio del estado y aunque su mamá no trabajaba ella recibía comida en el colegio. Claro, eso sucedía cuando no tenía que acompañar a su progenitora a pedir en las calles.

Cuando Rosa, la mamá de Yajaira escuchó a Chávez aquel discurso, creyó que su vida iba a cambiar, por fin había llegado el hombre que se iba a ocupar de los pobres. Por eso lo primero que hizo fue procurarse el afiche de Chávez y lo puso ahí, sobre su colchón, como si se tratase de una figura religiosa. Era alguien de carne y hueso a quien ella había oido que le ofrecía su salvación.

Yajaira fue creciendo y seguía yendo al colegio, hasta que se enamoró de Jonathan cuando ella tenía 14 años. Quedó embarazada. Rosa la regañó, la insultó, pero bueno, era su hija. Ya no podría estudiar más tenía una barriga encaramada en la vida. Al final, a Yajaira aquello de no ir al colegio tampoco le preocupó mucho. De alguna manera iba a jugar con la muñeca que nunca tuvo, pero esta vez era de verdad. Jonathan le dijo que no se angustiara que él la ayudaría con el bebe.

Nació Carlitos y Jonathan se fue a vivir al rancho de ladrillos de Rosa. Al poco tiempo se emocionaron, Chávez les prometía que les daría una ayuda a aquellas niñas que quedaran embarazas. La Gran Misión Hijos de Venezuela, así la llamó. La idea según oyó Yajaira en el carrito por puesto en el que iba montada, “era derrotar la pobreza acumulada históricamente, logrando la mayor suma de felicidad social y la mayor seguridad social rumbo a la construcción de la patria socialista”.

Ella no entendía muy bien de qué se trataba toda esa perorata, pero le daban 430 bolívares por cada hijo menor de 17 años. ¡Caramba eso ya era una ayuda! Hasta Rosa, su mamá, podía recibir una ayuda por ella. La sonrisa se dibujó en su cara, gracias a Hugo Chávez iban a salir de la pobreza y sin tener que trabajar. A lo mejor podía ir hasta a el colegio como la vecina de seis casas más abajo que no dejó nunca de asistir a clases y sacar buenas notas.

Yajaira quedó de nuevo embarazada y Rosa le dijo que cogiera para otra parte, que ella tenía un marido nuevo y a él no le gustaban los muchachos y que además ella había decidido tener otra barriga, así que se fuera con su gente pa’ otro rancho.

Jonathan le dijo que no se preocupara, que él se las arreglaría. Se construyeron su ranchito de hojalata por allá arriba en la montaña, donde en las noches veían las luces de la ciudad. Las ayudas de Chávez les resolverían algo y él ya vería cómo tenía más dinero. Le prometió que saldrían adelante. Claro allá arriba, en ese barrio, tenían que luchar con los ladrones vecinos que intentaban quitarles la nada que ellos tenían bajo su techo.


Así fueron creciendo Carlitos y Lucía y un día les quitaron la ayuda y un día empezaron a pasar hambre. Yajaira no sabía ni siquiera como trabajar y se fue a pedir a la calle. Jonathan se juntó con los amigos del barrio y se puso a robar.


Así resolvían sus días. Cuando tenían, bajaban a hacer colas a los supermercados del este de la ciudad. Se iban en los camiones de un bachaquero principal que vivía unos barrios más abajo. De madrugada, para amanecer en las colas. Aprendieron a llevar hojillas en las manos por si alguien más avispado intentaba colearse. Y Carlitos y Lucía se quedaban solos, esperando como unos pajaritos a que llegara su mamá con algo para su estómago. A veces Yajaira conseguía comía, otras veces, no tanta.

Ahora le hablaron de unas bolsas CLAP que había que comprarlas, e inscribirse en la Junta Comunal, y por ahí no hay Junta.

Un día la llamaron. Mataron a Jonathan. Lo habían agarrado con otros tres, robando una moto en un barrio de Petare. Los amigos escaparon pero a él lo agarraron los vecinos. Lo golpearon, le dieron con el casco de la moto, con un machete. Los vecinos les gritaban a los que le pegaban que lo dejaran, que llamaran a la policía, pero la rabia contenida por el hambre, por la inseguridad, porque la justicia no funciona, porque la policía no hace nada, por el salvajismo, por los valores olvidados, se apoderó ciegamente de los que le pegaban. Lo mataron.

Carlitos lleva de la mano a Lucía por Petare. Están sucios los dos. Ni saben quién es Chávez, ni Nicolás Maduro, ni nadie, solo saben que tienen hambre, mucha. Y buscan en la basura a ver qué consiguen. No le suelta la mano a su hermanita mientras ve qué consigue para ella y si encuentra algo más para llevarle a su mamá, a Yajaira, que se la pasa acostada llorando. El no sabe leer, así que los afiches con un señor de bigotes prometiendo la patria socialista, son un paisaje más de la ciudad. La sonrisa del señor y la basura desperdigada porque ya ha sido jurungada, esa es su visión de patria.

Carlitos vio a un señor que tenía una bolsa de pan, se iba comiendo el piquito mientras hacía la cola para montarse en el carrito por puesto. El hambre hizo que se le acercara y le pidiera que le regalara un poco de pan. El señor le dijo que no y se volteó. Le comentó al de atrás que lo miró fijo, “uno ya tiene sus propios problemas para preocuparse por los demás”. Carlitos volteó y vio los ojos de Chávez en un muro. Solo sintió hambre, no sabía en su inocencia que ese señor prometió cambiarse el nombre si los niños como él buscaban comida en la calle.