Tres mujeres encadenadas marcan la pauta de la Resistencia Civil

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No es fácil sentarse en una plaza, de donde sea. En Venezuela los colectivos las habrían arrastrado por los suelos. En el Vaticano sufren las inclemencias del frío, el ruido nocturno y solitario del viento, el pesar de la dureza de una pared. Es la resistencia civil, es la lucha de unas mujeres por liberar a sus esposos, a todos los esposos. Es la lucha de la unidad de todos, del esfuerzo conjunto como lo hicieron las mujeres londinenses cuando pusieron juntas sus esfuerzos para lograr el voto femenino.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios

entarse en una plaza y encadenarse no es una posición cómoda, ni de revista Hola, como algunos señalaron al ver a tres mujeres enfundadas en unas chaquetas negras para evitar el frío. En Venezuela hace falta pensar en el otro, no circunscribirse al círculo que nos rodea, a los intereses personales de cada uno. Sentarse en una plaza con la inclemencia del clima es la foto de la desesperación, de la agonía, de la tristeza que este gobierno inclemente empuja al espíritu de una nación.

Pasar la noche para llamar la atención del mundo es una protesta, es una forma de resistencia civil. Lilian Tintori, Mitzi Capriles, Antonieta Mendoza de López, debieron hacerlo en una plaza venezolana, dicen muchos. Claro, los colectivos no hubieran atacado a estas mujeres que han sido un símbolo de lucha en Venezuela y en el mundo. ¿O es que acaso olvidan que hace pocos días pusieron preso al jefe de ginecología del hospital de Los Magallanes de Catia solo por dejar pasar las cajas de insumos de Rescate Venezuela? Olvidan cómo los colectivos tomaron el lugar.

Pero para apoyar esta iniciativa otras formas de resistencia se producen al mismo tiempo. El diputado Rosmit Mantilla de Voluntad Popular quien acaba de ser liberado después de estar más de un año preso sin juicio, como ocurre en Venezuela, y fue liberado porque casi se les muere en la cárcel porque no permitían que fuera operado de la vesícula y Rosa Orozco, la madre de Geraldine Moreno, asesinada por las fuerzas públicas en las protestas del 2014 y a quien no se le ha hecho justicia todavía pues no han sido acusados los autores de esta atrocidad, se encadenaron en la Nunciatura Apostólica de Caracas, con el mismo fin que estas mujeres a miles de kilómetros de distancia, la liberación de los más de cien presos políticos en Venezuela. Ellos tuvieron que dormir sobre el suelo, porque las colchonetas no permitieron que les fueron entregadas. Esa es la inclemencia de un régimen despiadado.


Algunos presos políticos del Helicoide también tomaron sus acciones. Se pusieron en huelga de hambre. Los golpearon


Hacer, todos debemos hacer algo. Luchar, todos debemos luchar desde cada trinchera por acabar con esta dictadura, con este desatino de vida. No es sentarnos a criticar porque nos “cae mal esa mujer” o Leopoldo López no debió entregarse. Claro, para muchos habría sido más fácil aceptar la propuesta de Diosdado Cabello y salir del país. Qué bonita forma de luchar. Y seguramente en ese momento, habrían señalado que es un cobarde.

En este momento no debe haber Primero Justicia o Voluntad Popular, este es el momento del “todos juntos” porque si sigue esta tiranía aferrada al poder y ganando tiempo como han hecho hasta ahora, ya no habrán ni ideas, ni resquicios de vida. Esta es una dictadura de nuevo cuño, como la han llamado, del siglo XXI y hay que tomar acciones y respuestas distintas, no las convencionales. De nada sirve intentar ser demócratas con quienes no saben lo que eso significa, con aquellos que no entienden de valores, ni de tristezas. 

Nicolás Maduro llegó a Venezuela después de enterrar a su líder, a su mentor, a quien todo le debe y al día siguiente estaba bailando el trencito en los jardines del Palacio de Miraflores, qué se puede esperar para el resto del país si no guarda luto por su guía, ¿le importará caso que el pueblo muera de hambre y de falta de medicinas?

Hay una película que se llama las sufragistas. Es la lucha, la resistencia civil de las mujeres en Inglaterra a principios del XX por lograr el voto femenino, por romper las cadenas de un mundo de hombres que las pisoteaba y oprimía para ellos dominar.

El lema de aquellas mujeres definido por la líder de ese movimiento, Emmeline Pankhurst,era “Deeds, not words” (Hechos, no palabras). Eran los primeros años del 1900 y aquellas mujeres sufrieron cárcel donde las torturaban, estuvieron en huelga de hambre y siguieron resistiendo, luchando. Recibían las críticas de los hombres y de otras mujeres que se quedaban en sus casas aceptando lo que sucedía.

En una de sus arengas ante las mujeres que seguían su lucha en las calles londinenses, Emmeline manifestó que  “Si la ley, a pesar de nuestros esfuerzos, es liquidada por el gobierno, entonces tengo que decir que es el fin de la tregua”. El 18 de noviembre de 1910, ella y 300 mujeres más, se plantaron frente a la Cámara de los Comunes exigiendo la aprobación de la ley, aunque poco duraron allí, pues la policía, siguiendo órdenes de Winston Churchill, disolvió la manifestación con un grado de violencia extrema. Fue en el año 1918 cuando el Parlamento permitió votar a las mujeres mayores de 30 años. Un derecho que benefició a 8,4 millones de mujeres y que hizo posible que aquel noviembre también ellas fueran electas al Parlamento. Diez años después las mujeres consiguieron los mismos derechos que los hombres.

Esa es la lucha. Esa es la resistencia civil. No es la crítica la que nos llevará a alguna parte. Es entender que estamos frente a una dictadura que no permite un resquicio de disidencia. Hay que entender esa forma de llamar la atención. No es una forma fácil. Es arrastrar el dolor de unas esposas, madres, ante los ojos de quien pidió un encuentro pensando como todos, que se hablaba con hombres con algún sentido de la palabra y la palabra en el gobierno no existe.

 https://twitter.com/rosmitm/status/806147988452216832
https://twitter.com/liliantintori/status/805780512262553601