Cada ladrón juzga por su condición

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Venezuela es un país que va más allá de lo retorcido, de lo impensables. Es un país en el que su Presidente baila sala al mismo tiempo que la mayoría de la población padece de hambre y de falta de medicinas. Es un país en el que el gobierno defiende a unos individuos capturados con las manos en la masa de la droga y detienen a los que piensan diferente. Es un país en el que la rabia por no conseguir las cosas básicas para vivir con decencia, en algún momento se transformarán en depresión profunda. A lo mejor eso es lo que buscan desde los salones de baile presidenciales.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Las historias en Venezuela son impensables, tétricas. Que la gente coma basura, busque los camiones que recogen los desperdicios, se roben las viandas de los compañeros de trabajo, los tubos de aguas blancas enterrados 20 metros debajo de la tierra como sucedió en Margarita o las luces de balizaje del aeropuerto de Barquisimeto, son historias que a diario ruedan por las redes sociales y se publican en los diferentes medios de comunicación, especialmente los que trabajan en la web, porque ya papel poco queda para honrar la tradición.

Son realidades a cada cuál más insólita. Ponen preso a un adolescentes por robar auyamas, pero además es escoltado por unos guardias fuertemente armados…y mientras eso sucede el Presidente baila salsa, como si estuviera presentando un show de American Idol en el que el único protagonista fuera él. O sea, o te “la calas” o “te la calas”…no hay de otra. A Hugo Chávez el creador de este desastre le encantaba cantar y lo hacía horrible, a Nicolás Maduro le gusta bailar, y tampoco es que tiene muchas habilidades y lo siento señor, pero una persona grande, gorda y vieja, no es para nada un espectáculo.

Como tampoco es ni siquiera gracioso escucharlo decir que él pasillaneaba por los pasillos de la Universidad Central, como si eso fuera suficiente para las líneas vacías del curriculum presidencial.

Esa es la realidad del Presidente Maduro, bailar y vociferar. Criticar y correr la arruga de un país que ya casi no percibe ingresos petroleros porque aseguran los expertos, la mayoría se los lleva nada menos que la Chevron, la compañía norteamericana de Estados Unidos, del Imperio, de ese gigante al que se dedican a destrozar, pero con el que estrechan manos, sonrisas y negocios tras bastidores. Y justamente eso es lo que le interesa al Imperio, a esas petroleras con tantos tentáculos dentro del poder estadounidense.

Una historia establecida dentro de los límites del absurdo cuando en lugar de preocuparse por el hambre y las enfermedades, se angustian en defender a unos individuos que fueron capturados tratando de hacer negocios con droga, con videos y grabaciones, con imágenes y voces, y todavía se atreven a afirmar que son juicios amañados. ¡Qué costumbre!, pero aquí aplica perfecto el refrán de “cada ladrón juzga por su condición”.

Mientras tanto la gente muere porque no hay tratamientos médicos, no hay medicinas para el cáncer, no hay medicinas para las personas operadas del corazón que las necesitan para licuar la sangre, no hay medicinas para aquellos que tiene problemas de tiroides.

¿Cómo explicarles a esas personas mayores con pocos ingresos que no hay el remedio que venían tomando para vivir? ¿Cómo explicarles que si su vida era complicada por el deterioro físico, ahora lo es más porque la medicina no se consigue? Será que viendo como Maduro y Cilia se divierten delante de unas cámaras de televisión, que le cuestan dinero a todos los venezolanos, las angustias se disipan…no, señores del gobierno, es al revés, la rabia se va apoderando y la razón obnubila las ideas y el entendimiento se opaca y llega un momento que la desesperanza y las lágrimas invaden la vida. Quizás esa sea la idea, para que ustedes puedan seguir viviendo a costa de los demás.