La historia culpará a Fidel Castro

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Calle Ocho, foto Beatriz Sabino

Calle Ocho, foto Beatriz Sabino



Fidel Castro tuvo su momento de fama entre los que defendían a una izquierda romántica en contraposición con las dictaduras militares de América, pero la historia terminaría culpándolo en lugar de exonerarlo. Después de la caída del Muro de Berlin se descubrió la cara más amarga del comunismo y las relaciones con la Venezuela de Chávez desnudó la realidad cubana.


Angel V Cardiel
La historia me absolverá”. Esta frase de Fidel Castro tras ser declarado culpable por el asalto al Cuartel Moncada en 1953 fue el alegato de sus admiradores durante mucho tiempo, pero la longevidad del dictador y de su socialismo a la cubana terminaron por destruir su propio mito.

El triunfo de la revolución cubana en 1959 abrió en su momento una esperanza de igualdad y justicia que se mantuvo viva durante varias décadas, soportada por una eficiente propaganda transmitida a través del romanticismo de la poesía, la armoniosa música de la trova, el cine de reivindicación social, las imágenes icónicas como la mirada del ‘Che’ Guevara y un mensaje de libertad, soberanía y prosperidad que enamoró a intelectuales, políticos y líderes de opinión en todo el mundo que defendieron a Fidel a corazón abierto.

Para entonces, el comunismo dominaba en países herméticos de los que realmente se sabía muy poco, por lo que era fácil confundir el mito con la realidad. La contrapropuesta a este mundo supuestamente justiciero era oscura y aterradora.

Mientras Fidel Castro dibujaba un paraíso de fantasía llamado socialismo o comunismo, en el polo opuesto del pensamiento se veían imágenes como la cara de matón de Pinochet tras derrocar a Salvador Allende, los niños desnutridos de un continente africano abandonado a la deriva por el colonialismo europeo o las víctimas de guerras civiles y golpes de estado de un mundo que se tambaleaba por las torpes políticas intervencionista de Estados Unidos.

Bajo este panorama la imagen de Fidel Castro se engrandeció alrededor del mundo como símbolo de resistencia. Pero como presumía el propio dictador cubano, el tiempo se encarga de poner todo en su lugar; lo que no sabía él es que la historia terminaría culpándolo en vez de exonerarlo.

Para su desgracia, Fidel y su revolución no murieron jóvenes, lo que le impidió al dictador entrar en el panteón de mitos inconclusos, como Jim Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Cherry Navarro, Nino Bravo, Marilyn Monroe y hasta el hombre que le hizo sombra como ícono revolucionario, el sanguinario ‘Che’ Guevara.

La caída del muro de Berlín descubrió la cara más amarga del comunismo. La desbandada de ciudadanos de Europa oriental hacia occidente dejó ver que la supuesta igualdad era simplemente pobreza generalizada. La desaparición en cadena de las dictaduras cercanas al eje soviético mostró un mundo de corrupción sin escrúpulos. Fidel sobrevivió el mal momento, pero su régimen quedó bajo sospecha y comenzó a perder solidaridades automáticas.

La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela se convirtió en la tabla de salvación de Fidel Castro, pero al mismo tiempo fue eso lo que desnudó por completo la oscura y triste realidad de Cuba. Las nuevas asociaciones de Fidel terminaron de deslustrar su falso brillo, opacado por haber perdurado más tiempo del que una mentira aguanta en pie. Ver a Fidel a la par de un militar hablador que dejó en ruinas a uno de los países más ricos del mundo fue una carga muy grande para su leyenda; como fue también revelador el verlo mano a mano junto a un violador alcohólico y corrupto como Daniel Ortega o a un analfabeto funcional como Evo Morales. La defensa del legado de Fidel comenzó a resquebrajarse sin contención.

Las nuevas tecnologías permitieron la salida a la luz de realidades que antes eran desconocidas o desestimadas, como la galopante pobreza de los cubanos, la discriminación por sexo, religión o pensamiento, la mentira de un supuesto sistema de salud que a la hora de la verdad es incapaz de atender con decencia a sus ciudadanos, el encarcelamiento y maltrato a los disidentes, la falta de asistencia y oportunidades para la gente de a pie, la carencia de los bienes más básicos y la inmensa desigualdad entre los ciudadanos desposeídos y sus gobernantes engordados por una riqueza obscena.

La aparición de voces y jóvenes valientes salidas desde adentro de Cuba, sin vicios y libres de sospecha, como la de Yoani Sánchez, Harold Cárdenas o Yusnabi Pérez, por citar a unos pocos, dieron a conocer el difícil día a día de los cubanos por culpa de un régimen opresor y dictatorial.

Hoy, con la desaparición de Fidel Castro, la gran mayoría del mundo lo recuerda como un dictador con muchas más sombras que luces. Quienes lo admiraban con pasión y sin razones se cuestionan si la figura de un cruel dictador puede ser considerada poética o si más bien es criminal.

Quedan todavía unos pocos de esos nostálgicos de la izquierda occidental que hablan de la igualdad y la justicia en Cuba y Venezuela mientras beben champagne y comen caviar en restaurantes de 5 estrellas. Esos que tienen la desfachatez de autoproclamarse humanitarios y al mismo tiempo tienen la desproporción espiritual de llamar “gusanos” a otros seres humanos, solo porque escaparon de la Cuba de Fidel en busca de una vida digna. Pero en los libros de historia del mundo civilizado, Fidel Castro estará en el ‘All-Star’ de los dictadores, junto Pinochet, Videla, Franco, Somoza, Hitler y muchos otros con los que a él no le hubiese gustado retratarse en la eternidad.