Hasta para comer exigen la Cédula vigente

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Los generales de la comida, esos que ya tienen unos cuantos días encargándose de los productos de primera necesidad todavía siguen haciendo pasar hambre al pueblo, mientras distribuyen la comida por montón en los hoteles de Margarita. Su tarea es parte de ese decreto que hoy se renueva por otros dos meses renovables, pero que no ha logrado saciar el hambre de niños y ancianos y mucho menos si la cédula no está vigente.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Mientras en Margarita parece que en estos días sobra la comida en algunos sectores, gracias a las toneladas de alimento transportados para la cumbre de los países No Alineados (MNOAL), en el resto de Venezuela la cosa sigue estando complicada. El dinero no alcanza y la mayoría de los venezolanos ni consigue comida ni tiene con qué pagar la que hay disponible en el mercado y que cada día cuesta más. Esa es una de las directrices de “Hecho en Socialismo”.

Así le ocurrió a Mercedes el miércoles. Es su día del terminal de la cédula, porque así como ya no hay dólares para nada, todavía solo se pueden comprar los productos básicos el día en que toca el terminal del número de cédula.

Específicamente a ella le toca los miércoles, por lo que se dispuso a levantarse a las 3 de la mañana de este miércoles pasado para hacer su cola y ver qué productos podía conseguir para ella, que es una persona mayor y para su hermana, que es aún más mayor.

En ese supermercado en especial, pasaron una comunicación hace como un mes para que las personas de la tercera edad de esa urbanización se inscribieran en una lista con el fin de permitirles hacer una cola aparte de la de los bachaqueros y poder adquirir los productos básicos que están subvencionados por el gobierno.

Todos estaban muy contentos pero la primera sorpresa que se llevaron cuando comenzó este plan, es que primero tienen que pasar “los navegados”, como dirían en Margarita. Es decir, los bachaqueros, esos que arrasan con todo. Los que ponen a pasar hambre a los más necesitados para constituir una economía interesada, producto del gobierno, con varios parámetros y objetivos, entre ellos no preocuparse porque los “más malandros” que quieran “una chambita aparte” puedan conseguirla pasando un poco de trabajo. Pero eso si, ellos tienen prioridad en la cola. Los bachaqueros son atendidos con preferencia. Cuando se acabe su cola, si queda algo, será para el resto de los mortales venezolanos, sean niños o ancianos, sea quien sea. Tienen que esperar.

Pues bien, Mercedes se levantó a las 3 y fue a hacer su cola de residentes desde la 4 de la mañana. Fue caminando, porque carro no tienen, exponiéndose al peligro de una noche caraqueña. Pero ella va decidida, es de Churuguara, en Falcón y está muy acostumbrada desde chiquita a caminar por el pueblo y por los campos con la luna alumbrando su camino, encomendándose a Dios y a los santos y a sus familiares muertos.

Así, a paso rapidito, llegó a las 4 de la mañana e hizo pacientemente su cola. Esperando que el día fuera clareando y conversando con los vecinos de toda la vida. Personas mayores como ella que pasan necesidades y que de tanto verse en colas y en espacios ya tienen la confianza que dan los años.

Abrió el supermercado sus puertas a las 7 y comenzó el cuenta gotas de personas. Había arroz, pasta y papel toilette. Primero pasaron entonces los bachaqueros. Ya no se protesta, pareciera que el haberlos inscrito en una lista es más que un favor. Cuando finalizaron estos enchufados de los barrios de adquirir sus productos, comenzó a moverse la cola de los “viejitos” de la urbanización.


Le llegó el turno, con la suerte que había jalado a medida que avanzaba la cola para que todavía hubiera productos para echar en la bolsa de la compra cuando la puerta estuviera a solo uno de sus pasos. 


Cuando llegó finalmente, el soldado y la mujer que la atendieron revisaron su cédula. Está bien, pensó ella. Tienen que ver si realmente es su número de humillación, el número que la identifica como un animal más en una cola o el que los lleva como en los campos de concentración, a recoger su comida del día. Pero no, a la señora se le antojó que todo estaba bien, que era ella y que era el día que le tocaba, pero que ¡la cédula estaba vencida!...que ese pedazo de papel que marca la posibilidad de comer y que la identificaba, no le permitía comer ese día. A pesar de haberse levantado a las 3 de la mañana, a pesar de haber caminado y hecho una cola desde las 4 hasta las 7, a pesar de sus 70 años, muy a pesar de todo, la funcionaria opinó que para poder comer tenía que tener la cédula vigente.

Ella le explicó que como está mayor y tenía que ir tan temprano prefirió sacar la vencida no fuera a ser que se la fueran a quitar. Que ella no iba a cobrar un cheque y tampoco iba a votar, que solo iba a comprar más barato dos kilos de arroz. Aquella mujer, con el soldado armado a un lado, inmisericorde, sin piedad y la maldad que le imprime el sentir un poco de poder sobre los demás, no cejó en su posición. Esa mujer que había dejado pasar a los bachaqueros uno a uno, se revistió de Cruela de Vil y le dijo que se devolviera por donde había venido, que no tenía derecho a comer ese día.

Así funciona este régimen que “hambrea” al pueblo, mientras distribuye comida en los hoteles de Margarita y reparte migajas a los que están apostados en carpas esperando ser llamados para la acción.

Así fue llamada esta señora en un supermercado para una acción particular, seguro que no tiene ni padre ni madre y mucho menos abuelos. Quizás ella sepa que a lo mejor tampoco llegará a vieja y nunca nadie podrá sentir compasión de su despotismo.