La justicia y los cuerpos del estado ataron hoy las manos de la libertad



justicia


En Caracas hoy la justicia volvió a condena a un inocente, mientras que los colectivos agredían a la prensa y los cuerpos de seguridad, temerosos de unas fotos, se llevaban a interrogar a dos periodistas cuyas armas solo eran la libertad.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Ejercer el periodismo se está convirtiendo en Venezuela en periodismo de guerra. Las dificultades y agresiones que enfrentan los reporteros en los países azotados por la guerra, son comparables fácilmente con la que viven a diario los profesionales de la comunicación que tiene que estar en la calle para cubrir a diario las protestas que día tras día suceden en calles, ciudades y pueblos del país. 

Los periodistas están expuestos a las mismas circunstancias de seguridad que el resto de la población, pero también son víctimas de los colectivos y de los cuerpos de seguridad del estado, que tal como el gobierno, ven fantasmas en todos lados e insisten en pelear con los más débiles, con los que tienen por única arma la palabra y las imágenes. Mientras tanto la delincuencia campea a sus anchas por las calles de todas las ciudades.

En el día de hoy varios acontecimientos sacudieron a la opinión pública. El primero fue la ratificación de la sentencia de Leopoldo López, quien fue trasladado al Palacio de Justicia. Un hombre escoltado, indefenso e inocente, esposado, con barba, se veía a lo lejos, a punto de entrar a escuchar la sentencia manipulada de una Corte que más que ciega también tiene su destino atado.

Mientras su madre, seguramente destrozada, pero ahí, al lado de su hijo, escuchando cómo lo acusaban de algo que no había cometido, era agredida por un esbirro, por un guardia nacional que en nada respeta ni su uniforme, ni a una persona mayor que él y mucho menos a una mujer. Son entes, porque ya ni personas pueden llevar como referencia, indolentes. Eso es lo que ha propiciado este gobierno, eso es lo que ha propiciado el estamento militar. A ese guardia no se le ocurrió otra cosa que llamarla “vieja ridícula” a la madre de Leopoldo, un lenguaje muy propio de los que mandan.

Más tarde en una protesta de pacientes y médicos en el hospital Periférico de Catia, grupos de colectivos, los motorizados armados y con poder del gobierno, aterrorizaron a los que salieron a reclamar sus derechos y a agredir a los periodistas que cubrían la noticia. Eran nueve comunicadores que estaban allí para relatar lo que sucedía. Cuentan que los colectivos vestían de negro y estaban tranquilos, pero una llamada hizo reverdecer la revolución violenta y acosaron a los reporteros, quienes contaron con la ayuda de los que protestaban y lograron resguardarse en el hospital. Por supuesto, intentaron quitarles lo que habían grabado. Al final no lograron llevarse nada.

En el mediodía dos periodistas, Andreina Flores y Jorge Luis Pérez Valery, sacaban fotos en El Calvario, una zona de Caracas engalanada por una gran escalera con los ojos pintados de Chávez, observando la miseria en que se ha convertido la ciudad. Esas escaleras construidas a finales del siglo XIX, en el gobierno de Joaquín Crespo, han visto pasar a miles y miles de caraqueños que se han sentado a esperar, a mirar, a contarse secretos y amores, hasta que a Chávez le pareció buenísima para dar discursos y a Maduro para hacerla parte de su corredor presidencial. Es decir, todo lo que rodee el palacio de Miraflores, tan asequible en la cuarta república al pueblo, ahora es propiedad y resguardo absoluto de Nicolás Maduro.

Los periodistas sacaban fotos de la zona, simples fotos, cuando dos hombres vestidos de civil los increparon y les pidieron que los acompañara. Cualquier cosa podía pasar. Los llevaron a Fuerte Tiuna, como señala Flores, más que a una entrevista se trató de un interrogatorio, hasta al taxista que los trasladó fue interrogado, para no encontrar nada de inteligencia, para descubrir que solo eran fotos lo que pretendían, fotos para demostrar cómo los ojos del comandante fallecido están ahí, en unas escaleras para ser pisadas poco a poco para el olvido.

padri