Carlos Mata y Eduardo Serrano, convierten una hora en risas y recuerdos



una noche en saint tropez


Dos grandes actores demuestran una vez más que son excelentes intérpretes, en una obra de una hora que se presenta en el Paseo de Las Artes de El Doral en Miami. Sentarse como espectador no es solo reírse de las ocurrencias de este diálogo, es disfrutar del encuentro de dos amigos y de revivir la Venezuela bonita, la que traspasa fronteras por su talento.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Aquellos tiempos en los que Venezuela era una historia bonita, cuando las novelas daban a conocer el nombre del país en otras fronteras, en países que ni siquiera tenían la costumbre de ver series y se enganchaban en las historias noveladas protagonizadas por excelentes artistas, están escritos en los recuerdos de muchas generaciones.

Eran las décadas de los 70, los 80 hasta bien entrados los 90, cuando recorrer el país era una cita. Ir a las playas, a Chuspa, a Cata, Choroní, Cuyagua o a Morrocoy, dormir en carpas, en posadas, subir el páramo, ir a los Llanos, a Canaima, a Barquisimeto, eran algunos de los planes que se inscribían en los programas de lo que han catalogado como la cuarta.

De aquel entonces hay actores que se han desperdigado por el mundo y de ese mundo, Miami empieza a ser como una caja chica de muchos venezolanos que guardan y hacen pervivir esos recuerdos.

El Paseo de las Artes en El Doral, es un espacio que pareciera que hubiera salido de una lámpara mágica para recrear escenarios de aquellos tiempos. Un descampado, tal cual, con techo de paja y muchas matas, así es visto desde afuera y adentro, una mezcla de campo y ciudad. Sillones, olor a tequeño y afiches de obras y más obras de teatro. Es un nuevo estilo de ver piezas teatrales, un estilo interactivo, campechano, fraternal.

Es como moverse en la enramada de una finca venezolana, desplazarse por la añoranza del país que llevamos por dentro. Es un sentimiento ambiguo el pasear por este escenario dibujado a la manera de nuestra idiosincracia, disfrutar de la presencia de unos actores que fueron figuras estelares de la televisión venezolana y que todavía tienen tanto que dar al lado de los jóvenes. Actores que podrían estar en el país y no tienen cabida en ese decorado, no hay espacio y como tantos otros, tienen que volar buscando otras oportunidades en un lugar que no es fácil para luchar.

Los sentimientos de felicidad, de privilegio, de añoranzas, de por qué, surgen de pronto en un remolino de contradicciones al pasear entre los microteatros miameros, galpones pequeños, de colores, que albergan obras cortas, de 15 minutos, con la enorme capacidad de contar una historia en tan poco tiempo y que dan la oportunidad al espectador de pasear entre uno y otro escenario, porque como en un cine continuado, finaliza una función y comienza la siguiente y en el entretiempo, puede uno sacarse una foto abrazado con el actor o el director de sus recuerdos.

Es  un nuevo concepto que surgió en España y ya está en Venezuela y en la ciudad del sur de la Florida que se ha convertido con tanto venezolano en un rincón más del terruño.

UNA_TARDE_EN_SAINT_TROPEZUna Tarde en Saint Tropez dura un poquito más, una hora. En una sala pequeña, oscura, con un escenario sin mayores pretensiones, aparecen en escena dos legendarias figuras de esas que lanzaron el nombre de Venezuela al mundo por sus novelas, Carlos Mata y Eduardo Serrano. Las nuevas generaciones no escriben esos nombres en sus cuadernos, pero aquellas de los 90 para atrás los ubican sin duda, en esa Venezuela maravillosa que los jóvenes escuchan en las narraciones de los mayores que tuvieron la suerte de vivirlas con intensidad.

Se trata de una comedia original de César Sierra, dirigida, producida y protagonizada por estos dos actores. Un combo pues, se pagan y se dan el vuelto. Un vuelto que convierte la hora, en minutos, en un ¡zas! de diversión, risas, entretenimiento, nostalgia y ternura.

Solo dos sillas, dos copas y una mesa, luces y un vestuario blanco, fresco, son suficientes para avivar carcajadas, sonrisas, lágrimas y sobre todo, la melancolía que despierta los recuerdos de la amistad, el miedo al paso del tiempo y el fin de una historia.

Carlos Mata y Eduardo Serrano, se botan en esta obra, se les sale la clase de actorazos, revuelven el corazón de los espectadores que no solo ríen por el ingenio de dos amigos homosexuales, que exageran sus caras, sus posturas, sino que ríen con ellos, con sus ocurrencias y con el tremendo homenaje a la amistad…del color, del sexo, de pareja, de matrimonio, de lo que sea, es la compañía de los años. Una Tarde en Saint Tropez es una obra de los tiempos recorridos envuelta en humor e inteligencia.

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