El abandono de un país que alcanza a las mascotas

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perros abandonados


Cada día son más las mascotas abandonadas, que sufren ellas y sus dueños. No las pueden alimentar, las personas deciden emigrar con dos maletas a un rumbo desconocido y no se las pueden llevar, no encuentran quién las adopte. Es el drama de un país que se desmorona poco a poco por cada esquina.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Las ciudades comienzan a verse como pueblos olvidados. Calles con huecos, con grietas, basura, colas. Y perros y gatos que deambulan solitarios en busca de una miga de lo que sea. Esa es la Venezuela de la revolución. Los animales famélicos, abandonados, son la historia triste de un capítulo más de este absurdo en el que se ha convertido el devenir de nuestro país.

Carolina tenía un perrito, Poodle, blanco, juguetón. Un buen día desapareció de su casa. No entendían qué había podido suceder, nadie recordaba haber dejado la puerta abierta. Pero su pequeña Mica ya no estaba. La familia se volvió loca, buscaba, preguntaba, dejaba papeles por cada edificio, por cada casa, por cada negocio.

Carolina con 10 años había pasado parte de su vida al lado de Mica, ya tenía cuatro años compartiendo caricias y alegrías, acurrucándose pegadita a ella cuando estaba triste porque la regañaron, jugando feliz con una pelota. Mica era su compinche. Ella no sabía más allá de sus diez años cómo comía Mica y si había o no alimentos en su casa para su compañera de vida. Solo sabía que en las noches su mamá le daba tequeños y ahora, hacía tiempo que no los probaba, ahora tenía que comer sopas cada  noche, de esas que ni a ella ni a Mafalda le gustaban.

Una mañana ya Mica no estaba y la tristeza comprimió la vida de Carolina. Hasta que su mamá llegó con una noticia. Habían encontrado una perrita con las mismas características de Mica, así que se lo contó a su papá y decidieron ir hasta la casa de la persona que la tenía.

Ese día Carolina se puso hasta bonita para reencontrarse con su amiga, con su juguete y confidente. Cuando llegaron la emoción las embargó a las dos, a Mica y a Carolina. Mica daba vueltas y corría, y la lamía, Carolina la apuchungaba y la abrazaba y Mica se dejaba. “La encontramos papá”…pero la cara del papá no era la misma. Aun cuando Mica lo miraba suplicándole que la recordara, que era ella. El papá muy serio solo le dijo a la señora que la tenía que lo sentía, que esa no era Mica, que la niña estaba tan triste que cualquier perrito que encontrara le parecería que era su mascota, pero que esa perrita no tenía nada que ver con su Mica. La esposa lo miraba anodada, no entendía. Ella estaba segura que si era, pero la seguridad y determinación del papá de Carolina, no la llevó a discutir.

Salieron de allí con la tristeza como abrigo. Carolina lloraba, le habían arrancado dos veces al mismo amor. La madre gemía callada, sentía que le cerraba la puerta a quien había compartido con ella tantos momentos familiares, el padre, callado, remordía la culpa en su corazón, mientras su cabeza le explotaba porque los números de su bolsillo ya no le daban para comer y vivir.


Esas historias pasan cada día, a cada instante.


Se unen con la de quienes se van, con la de quienes buscan otros rumbos a pesar de que el sol de su tierra, las montañas, las playas, los árboles queden enraizados en su cabeza y en su corazón, pero la desesperación por un futuro sin opresión, sin persecución, atormenta a miles y miles de venezolanos que dejan todo, casa, amigos, padres, recuerdos y sus mascotas.

Así le pasa a un hermoso labrador de dos años y medio, vacunado, esterilizado, tratado como un príncipe, y  así lo llaman, Príncipe, aunque su nombre sea Goku. “Mis amos ya no pueden tenerme”, dice su foto que pide a alguien que lo quiera. Sus amos se han ido uno a uno, primero su joven dueño, más tarde su madre, y su abuela, ya no tiene ni edad, ni tiempo, ni recursos para hacerse cargo de una nueva responsabilidad. Bastante tiene con poder sobrevivir. 

Príncipe pareciera que lo sabe. Cuando posa ante la cámara, en sus ojos se ve el infinito de la tristeza, el desarraigo del abandono, el sentir que su vida principesca se rompió en un suspiro sin entender por qué.

Ese es el día a día de la revolución. Un detalle más del suplicio de un pueblo que cayó en las manos de los malos del barrio, de los que la compasión no entra en su diccionario, de la ineptitud, la corrupción, el egoísmo y cuantos calificativos quepan en una frase sin que nunca se conviertan en redundantes.

Las familias no pueden comprar la perrarina, cuando hay, tiene precios inalcanzables. Y si poco pueden comer en la casa, si los ancianos pierden kilos, si los niños ya no pueden comer un pedazo de torta, si hace tiempo que el arroz no atraviesa la puerta de la casa, cómo van a poder alimentar al compañero de vida, silente y fiel.

En Venezuela muchas organizaciones han surgido para ayudar a unos y a otros, a los animales y a sus dueños. Cuentan en La Red de Apoyo Canino que reciben unas 15 llamadas al día de perros abandonados en varias ciudades del país, mientras que la Fundación Ashguau (en el estado Carabobo) recibe unas 30 llamadas diarias de personas que quieren dar en adopción a sus mascotas, asegura un reportaje de El Nuevo Herald.

Antes recibían llamadas para emigrar con mascotas, ahora las llamadas son para dar los perros en adopción. Y los que lo hacen con toda seguridad sufren también por desprenderse de ese ser que ha formado parte de su vida.

Entre las llamadas también contabilizan los que adoptaron previamente y ya no pueden alimentar a sus mascotas y los que piden comida para no tener que devolverlos. Otros les dan alimentos, a la que los animalitos no están acostumbrados y se enferman y no hay medicinas para tratarlos.
Los animales abandonados compiten con los seres humanos en buscar comidas en las bolsas de basura. Tres jóvenes bien vestidos, limpios compartían en Chacaíto el resto de una patilla que encontraron en la basura, con dos perros famélicos.
Hasta los animales de los zoológicos venezolanos han sucumbido a esta desidia y falta de comprensión. Pasan hambre, sed y tristeza. Son un fiel reflejo de un país con unas personas que se creen dueños de algo que nunca les perteneció.
Estas son solo algunas de las historias de abandono, dolor y desesperanza que sacuden a una sociedad que pudo haber sido y no fue.