Unai Amenabar: “No Hay cosa más aburrida que ser un periodista gobiernero”



Unai Amenabar


Con motivo del Día Nacional del Periodista, Unai Amenabar fue invitado como Orador de Orden a la Asamblea Nacional, donde hizo un extraordinario análisis de la razón de ser del periodismo y de la importancia que tiene en esta sociedad y en estos momentos cuando “el ejercicio libre del periodismo ha estado tan brutalmente reprimido”.


Quiero comenzar estas palabras manifestando en primer lugar la sorpresa por este seguramente inmerecido honor de designarme como orado de orden de esta sesión por el día Nacional del Periodista. Un sentimiento de sorpresa (que no es falsa modestia…realmente me sorprendieron los Diputados que me hicieron la invitación) que se une a una inmensa cantidad de recuerdos de mi época como reportero que cubría la fuente parlamentaria cuando en este salón se reunía la Cámara del Senado y esta institución era el Congreso de la República.

Una época en la que lucía mucho más pelo y muchos menos kilos. Fueron tiempos en su balance buenos en los cuales sentíamos, los jóvenes que estábamos en esas faenas, que con cada intervención de los diputados y senadores aprendíamos y construíamos en vivo  la historia del país. Seguramente quienes hoy cubren esta fuente tienen la misma sensación. Los debates también eran acalorados y en la inmensa mayoría de los casos respetuosos de las opiniones del otro cuando no se estuviera de acuerdo.

Pero no quiero quedarme embelesado por los recuerdos que estas paredes traen a mi memoria

Estas palabras que hoy les presento las ofrezco  a manera de Manifiesto de lo que creo que es nuestra profesión y los retos que tiene ante lo que está viviendo en estos momentos, el periodismo venezolano.

Hace ya casi 32 años que vengo ejerciendo la profesión de periodista. Desde el momento mismo en que comencé en ella sabía que la cosa no era fácil. Eran tiempos en los que en el país gobernaba el Presidente Jaime Lusinchi. 

Como joven reportero de “El Observador” de la siempre querida, recordada y extrañada RCTV, aprendí que las presiones a las que estábamos sometidos quienes escogimos esta profesión eran y son muchas. Desde las económicas (porque nunca la nuestra ha sido una profesión bien pagada… aun cuando hoy ninguna lo es), pasando por las presiones políticas, las de los intereses empresariales de los dueños de los medios o sus anunciantes, y las exigencias sociales, hasta llegar a las presiones familiares por los horarios a veces demenciales a los que nos corresponde trabajar o los riesgos personales que nos toca correr. Muy pronto me di cuenta que quienes estamos metidos en el campo de la comunicación (y más aun del periodismo) nos enfrentamos a tres relaciones básicas con los demás (sobre todo con nuestras fuentes de información): O nos temen y por lo tanto desconfían, o nos ven como el enemigo y nos detestan, o simplemente nos utilizan para lograr sus objetivos. Raramente nos quieren. 


Pero los periodistas no buscamos ser queridos, ni admirados, ni aplaudidos, pero si exigimos ser respetados. 


El periodista, desde el punto de vista profesional, no es amigo de nadie, pero tampoco es enemigo de nadie. Su función va más allá de lograr las simpatías o las antipatías de alguien

 Nuestra misión es buscar la verdad o al menos tratar de acercarnos lo más posible a ella. De escudriñar hasta quedar satisfechos en nuestro afán por lograr la noticia. Por eso nuestra terquedad y nuestro carácter incisivo sobre todo cuando vemos (o al menos percibimos) que se trata de ocultar la verdad por algún interés particular.

Desde muy joven también aprendí que en un país con unas instituciones frágiles y, salvo excepciones, con escasa vocación de cumplir con su labor, el periodista era una tabla de salvación para quien requería de esas instituciones, alguna atención, alguna respuesta.

Regularmente es el periodista el que llega de primero al lugar de una tragedia natural, el primero en escuchar al doliente por el asesinato de un ser querido, el que está presente para recibir las denuncias por un servicio que las autoridades  no prestan adecuadamente, el que está allí para atender el clamor de alguien que siente que no se hace justicia en su caso en tribunales, es a quien acude el ciudadano ante una violación de los derechos humanos, es quien recibe los lamentos porque no consigue comida para alimentarse ni llevar a su familia, o quien escucha de primera mano el drama de no encontrar el medicamento necesario para aliviar o curar una enfermedad… 

Poco a poco nos fuimos convirtiendo en los  receptores de los problemas de la gente común, quien al menos veía su caso reflejado y proyectado a través de los medios de comunicación, esa emisora de radio que le daba confianza o el canal de televisión que gozaba de su atención (medios variados, diversos, de distintas tendencias, y sin miedo)… y esto lo hacían con la esperanza de que las autoridades (con quienes no tenía ni tiene  ese contacto directo) se sensibilicen y presten atención a sus dramas particulares. Tan era así la situación que muchas personas en la calle, en los pueblos o en los barrios nos exigían a los periodistas, soluciones a esos problemas y que adquiriésemos funciones para las cuales no estábamos llamados, ni nos correspondía.

Muchas veces (tal vez demasiadas) caímos en la tentación de creer que si teníamos esas responsabilidades y atribuciones. Nos convertimos en jueces sin serlo y en poseedores de una verdad, también sin serlo.

Pero también comprendí que a los periodistas nos toca ser garantes (por juramento y por atención a lo que señala nuestro código de ética) de una serie de valores que están en nuestra constitución y nuestras leyes, en nuestros usos y costumbres, es decir en nuestra cultura, y que nos obliga a levantar la voz cuando otros muchos prefieren callarla.  Y eso muchas veces nos vuelve seres incómodos, impertinentes, y se nos acusa de tener determinadas posiciones políticas que no siempre se corresponden con la realidad.  Defender lo que dice la Constitución, defender la libertad y la dignidad del ser humano, denunciar las violaciones de los Derechos Humanos, privilegiar la vida sobre la muerte, develar y atacar los actos de corrupción, etc, etc, son algunas de las funciones naturales de cualquier periodista y eso de ser capaz de hacerlo con total libertad.

En aquellos tiempos a los que me referí al principio de estas palabras, conocí a muchos de nuestros políticos que hoy tienen gran figuración o que están en cargos de gobierno. Nos tocó en muchas oportunidades tomar sus declaraciones cuando estaban en la oposición, en partidos con porcentajes muy bajos en las encuestas (de hecho muchos ni siquiera figuraban en las encuestas) y llegar a las salas de redacción a “pelear” con nuestros jefes hasta convencerlos de que era necesario que se conociera su planteamiento porque era pertinente para la construcción de un mejor país o al menos para que se diera una sana discusión a partir de sus conceptos…que muchas veces no compartíamos, pero que por principio respetamos. Esos mismos personajes (que entonces no tenían el poder que hoy detentan y para quienes en aquella época nuestro trabajo era encomiable porque luchábamos por la verdad) hoy nos señalan de estar vendidos a intereses oscuros. El poder los envileció y los emborrachó. Por el contrario, quienes entonces nos acusaban de estar jugando a la “antipolítica y la desestabilización” y hasta nos sacaron y nos cerraron las puertas de estos espacios por no hacer, según ellos, correctamente nuestro trabajo, hoy reconocen la labor del periodista y nos aprecian como garantes de los valores democráticos que se intentan recuperar por diferentes caminos. 

A lo largo del tiempo, de estos 31 años de ejercicio profesional, me he ido convenciendo de que el periodista es por definición opositor. Opositor a quien tiene el poder, bien sea económico, político, judicial, religioso, militar, y en cualquiera de sus esferas de influencia…sea nacional, internacional, regional o municipal. El periodista, al igual que el artista, está llamado a “pellizcarle las nalgas al poder”; a ser incómodo, a no aceptar un “y punto” bajo ninguna circunstancia, a desconfiar de las versiones “oficiales” de los hechos, a cuestionar y cuestionarse permanentemente. 

Vale aquí la pena recordar una escena de la película ganadora del Oscar: “Spotligth” (que recrea el caso de las denuncias periodísticas contra el obispado de Boston), cuando el juez que lleva la causa le pregunta al periodista que hace la investigación si ha medido las consecuencias que traería hacer públicas las denuncias, y éste le responde con otra pregunta: ¿Sabe usted cuáles son las consecuencias de no publicarlas?


Los periodistas, esos casos no tenemos la opción del silencio.


Quien está es el poder, siempre tiene demasiado poder. (Y paradójicamente cuanto más estrecho es el margen de su triunfo, más se aferra a su cargo y sus privilegios) Y tiende a pensar que ese poder es eterno e incuestionable…  Es conveniente que alguien le haga saber cuándo las cosas no las está haciendo bien, cuándo las podría hacer mejor, cuando podría llegar más lejos con su accionar. Y por lo general ese papel le toca al periodista en cualquiera de sus géneros. Desde el reportero, hasta el de investigación, desde el redactor hasta quien hace opinión….(si señores es correcto hacer periodismo de opinión…se ha querido inculcar, sobre todo a las nuevas generaciones, que en periodismo opinar o contrastar opiniones es malo…de ahí que prácticamente hayan desaparecido los espacios de opinión de nuestros medios) 

Pero volviendo al tema del poder y su siempre difícil relación con el periodismo, si un funcionario durante la campaña electoral, por ejemplo, ofrece arreglar 100 problemas y arregla 98, la función del periodista no es aplaudir por los 98 éxitos sino reclamar por los 2 aspectos que están pendientes. Y si cumple los 100 exigirle 110. Y ser vigilante no sólo del resultado final, sino del procedimiento utilizado, de los recursos invertidos, de las formas, de los métodos, de los daños que pudiera causar su “buena intención”.

Nosotros no estamos para aplaudir cuando alguien hace las cosas que debe hacer. El periodista está para señalar las verrugas, los puntos oscuros, para pedir explicaciones, no por un afán morboso de amargarle la vida al funcionario de turno, sino para tratar de ser la voz de aquellos que en un momento determinado depositaron sobre ese funcionario toda su confianza.

Actualmente soy calificado como un periodista de oposición. Afortunadamente lo fui siempre. Lo fui del gobierno del Presidente Lusinchi quien mandaba en el país cuando comencé mi carrera, del de Carlos Andrés Pérez, de Ramón J. Velásquez, de Rafael Caldera, de Hugo Chávez  y de Nicolás Maduro….y lo seré del próximo a quien le toque dirigir los destinos del país….sobre todo porque no hay cosa más aburrida que ser periodista gobiernero…

Hace algún tiempo descubrí una frase dicha por el Obispo surafricano Desmond Tutu y desde entonces la he hecho mía aunque ha sido mil veces citada (pero no por eso menos valiosa) Él dijo:  “Si permaneces neutral ante una situación de injusticia, entonces estás del lado del opresor”…Yo no quiero estar del lado del opresor

… Pero para ello primero debemos formarnos para saber discernir entre lo que es lo justo y lo injusto…mas allá de que sea legal o no. Porque no todo lo legal es lo justo. (Pero esa disquisición se la dejo a los juristas…muchos de ustedes lo son y les corresponde hacer leyes justas)

A nosotros nos toca formarnos, estudiar, comparar, analizar, para poder tener criterio.

Ejercer el periodismo siempre ha sido una labor difícil, dura, arriesgada  pero apasionante. Quienes nos metimos en esto sabíamos a lo que no enfrentábamos. Es como dicen por ahí…”quien monta un botiquín…sabe que tiene que lidiar con borrachos”.  Aun recientemente se le ha pasado la mano al riesgo de ser periodista….

En estos últimos años la censura se ha puesto de manifiesto de las más variopintas maneras: desde grupos de personas afectas al gobierno de turno gritando a los reporteros “¡Digan la verdad, digan la verdad!” hasta motorizados violentos visitando de manera intimidatoria la sede de periódicos, emisoras de radio o canales de televisión y en demasiados casos con la mirada complaciente de autoridades policiales y militares. El evento más reciente lo vimos con el lanzamiento de excremento a la sede de El Nacional o la detención arbitraria de colegas para exigirles que den a conocer sus fuentes (algo que es sagrado para un buen periodista, sobre todo porque es la manera de garantizar la protección de aquellos que hacen una denuncia). Según cifras de nuestro Colegio Nacional de Periodistas, más de 2.500 agresiones se han registrado contra los periodistas entre el año 2015 y lo que va de 2016 por el hecho de hacer su trabajo. Tal vez por ser tantos terminan invisibilizándose…grave error.

Otras modalidades de la censura van desde amenazas y acciones judiciales, hasta estrangulamiento  financiero a los medios de comunicación. Desde invitaciones en privado a que se modifique la línea editorial para no seguir incomodando al mandón de turno, hasta las agresiones públicas e insultos a gritos en medio de una cadena de radio y televisión, cadenas por cierto que lo único que buscan es que sea solamente UNA voz, la de ÉL la que se escuche en todo el país. Paradójicamente, una modalidad de la arbitrariedad cada vez más inútil dada la bajísima audiencia que tienen.

Y todo esto acompañado de la aprobación de leyes que han traído como consecuencia la autocensura de muchos de los medios y los colegas, por lo discrecional de su articulado. Queda de ustedes, Diputados y Diputadas, desmontar cuanto antes esas leyes como la llamada de Responsabilidad de Radio de Televisión y que bien se conoció desde un principio como “Ley Mordaza” porque ya se preveía las nefastas consecuencias que traería para la comunicación entre los venezolanos. O el reglamento que rige a CONATEL, por señalar algunos de los más visibles.


Como periodistas tenemos la obligación y la responsabilidad de impedir que seamos convertidos en  simples porta-micrófonos  incapaces de repreguntar, increpar e incluso contradecir a un declarante representante del poder por miedo a “herir su sensibilidad de poderoso”


Es nuestra responsabilidad rescatar el hecho de que haya diversidad de periodistas, que se desarrollen en distintos géneros, que haya medios de comunicación con visiones diferentes, con sensibilidades distintas, y hasta con temores y prejuicios distintos, para garantizar que sea el lector, oyente, televidente o receptor de los medios digitales, quien reciba la mayor cantidad de aspectos diferentes de cada hecho y pueda formar su propio criterio. En esa diversidad es que se logrará la mayor identificación con la audiencia que recibe nuestra información, y con ello ganaremos en credibilidad. Esa lucha contra la hegemonía comunicacional debemos darla también nosotros en el día a día.

Recientemente hemos presenciado una modalidad novedosa de control de los medios de comunicación. La compra por parte de alguien vinculado con los intereses que representa el gobierno nacional. 

Casi como si se tratara de una cartilla aprendida en la escuela, el argumento de los nuevos propietarios es siempre el mismo “Vamos a hacer de este periódico (canal de televisión o emisora de radio) una empresa económicamente rentable. Eso está bien siempre y cuando no se olvide que una empresa periodística, debe ser sobre todo eso: PERIODISTICA.  

Pero también recientemente hemos visto nacer muchos portales informativos a manos de periodistas.  Lamentamos que en Venezuela esto no esté ocurriendo como un proceso evolutivo que corresponda a  las nuevas tendencias mundiales, sino como un proceso de trauma ante el cierre forzoso de medios de comunicación establecidos y como mecanismo para escapar de la criminal censura, para así poder cumplir, en medio de las limitaciones que conllevan estos medios, con la misión que nos corresponde.

Hoy celebramos el Día Nacional del Periodista en recuerdo al convencimiento que tenía Simón Bolívar de la importancia de la prensa para lograr la libertad, sin embargo nunca como hoy el ejercicio libre del periodismo ha estado tan brutalmente reprimido.

Para finalizar lo hago también con otras palabras ajenas. En esta oportunidad las del filósofo francés Albert Camus…”Una prensa libre puede ser buena o mala…pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa más que mala”
Muchas gracias!