Santiago sueña en el Mar



Santiago


En Los Roques la vida pasa a diario con la presencia de los turistas, mientras sus habitantes, como Santiago, revolotean por la orilla, sonriendo a pesar de las adversidades y de tener la despensa vacía. Ríe a carcajadas aun cuando asegura que el gobierno, “es un gobierno chimbin”


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Santiago es un jovencito de 12 años. Negrito, con unos ojos vivaces y la inteligencia que le brota cuando mira expectante de un lado a otro. Es como si supiera que conversando con los mayores su mundo se abrirá de pronto hacia momentos mejores.

Estudia en Los Roques, en la escuela pública. Al salir de clases deambula con sus dos amigos por la plaza Bolívar o por la playa, corre y ayuda al artesano de la isla a confeccionar los collares y los “atrapasueños”, que expone en una pequeña mesa y que tienen precios en dólares. Porque por allí en Los Roques se maneja el dólar al mismo nivel que el bolívar. Así que si quieres pagar en una u otra moneda, está bien. Todo es válido.

Un “atrapasueño” pequeño cuesta diez dólares y si le das un billete de 20, te devuelven 100 billetes de cien bolívares. Es decir, una paca de billetes, que de paso desaparecen con cuatro refrescos y tres chucherías.


farmacia


Pero Santiago vive sus sueños haciendo lo que sea. Toca tambores porque aprendió con su tío y por eso, si sabe que habrá una fiesta en una casa o en una posada, no duda en acercarse al lugar a ofrecer sus servicios. El y cinco amigos más componen el conjunto musical que le hace competencia al de los mayores, siempre y cuando un accidente casero no le fracture el brazo y sus sueños se vean frustrados por un yeso.

Cuando habla de su edad, se ríe y asegura que se quedó pequeño, pero que todavía tiene la oportunidad de crecer. Su sueño es aprender basquetbol y se mueve como si supiera, pero no se acerca a la única cancha activa que aglomera cada noche a los más deportistas del lugar. No se muestra muy entusiasmado con esa posibilidad.

También dice que sabe surfear, como cuentan que lo hace un párroco que de vez en cuando se acerca al islote, porque un cura fijo para la pequeña capilla que se alza frente al mar no hay. Las puertas están cerradas a cal y canto y solo se abren para ciertos acontecimientos, como bautizos, comuniones, matrimonios y misa de difuntos. De resto, misa no hay.


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Santiago se ríe a carcajadas y está acostumbrado a tratar con los turistas, de hecho, hasta un poco de italiano “parlotea”. Muchas posadas están en manos de italianos y los roqueños saben que deben medio hablarlo para entender a los visitantes del viejo continente.

Está acostumbrado a ver los diferentes trabajos, como el de los cargadores, los que hacen el trabajo de bueyes y arrastran con su cuerpo grandes carretas para cargar materiales de un lado a otro o el de su padre, que cuando le preguntan en qué trabaja, Santiago responde que “en turismo”, mientras su amigo Alejandro acota que es lanchero y él vuelve a insistir pidiendo respeto al trabajo de su papá que es “en turismo”.

Sus aventuras están ligadas al mar, y también sus travesuras, como cuando con carnada atrae a una gaviota para sacarle las plumas, “dejarla pelada” y permitirle luego volar. Las plumas son para los “atrapasueños”, su colaboración al artesano por permitir que lo acompañe mientras teje y le da forma a la mercancía que muestra en la plaza.

Una plaza que en la noche está concurrida con niñas bailando, personas conversando o con los que se conectan a la señal gratis de internet. Ese es el espacio en el que los roqueños utilizan sus teléfonos o alguna que otra computadora perteneciente a los más privilegiados que saben que si están bajos de batería tienen la oportunidad de conectarse a  la rama de un árbol donde está un singular enchufe que pareciera que nació como fruto moderno de la madera frondosa del árbol que más sombra da. Una corriente especial que salva a las baterías a punto de morir salvo que se vaya la luz de pronto y que todo quede como boca de lobo.


enchufe


Santiago y sus amigos tienen el privilegio del mar, de coger un hilo de pescar y un anzuelo y entretener el tiempo pensando en la inmensidad, pero no pueden como en la capital, saciar el hambre con un mango, porque en Los Roques hay sueños atrapados en las redes pero mangos no hay.


virgen de Los Roques


plaza bolívar de los roques


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