Los números hacen imposible que una billetera cubra las tres comidas de un hogar

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billetera


Los números de la canasta básica indican claramente que es imposible que en la mayoría de los hogares venezolanos una familia pueda alimentarse como Dios manda. Las muertes de ancianos, niños y enfermos, declaran la terrible situación hospitalaria y de medicamentos. El gobierno lo sabe, pero como cualquier maltratador jura que va a cambiar.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
El gobierno sabe lo que todos los venezolanos ven a diario. Por más que insistan en encerrarse en sus oficinas con aire acondicionado y mayordomo, saben que el resto de la población sufre y sufre mucho. Sabe que los niños se mueren por falta de medicinas, sabe que los hospitales no tienen nada, sabe que los sueldos no alcanzan, sabe que hay inseguridad y sabe que el hambre azota a los hogares de todo el país.

No es necesario que vean las encuestas, ni que de vez en cuando enciendan Televisión Española o Antena Tres para darse cuenta de las calamidades que a diario pasa la población. ¿ qué tienen en la cabeza, qué intentan hacer, hablar de la producción de hallacas agro-urbanas?. Todo parece un chiste, un mal chiste.

Las últimas cifras de la canasta básica la ubican en 365 mil 101 bolívares. Es imposible, una familia con dos sueldos mínimos no puede alimentar a sus hijos. Ese dolor es el que recorre las venas de los venezolanos, el no poder darle algo a sus hijos, comida que los nutra, que los ayude a crecer.

Son cifras que ellos conocen. No son bobos, simplemente son irresponsables. Es difícil que alguien puedan pensar que con las promesas de motores, emergencias, algo pueda cambiar. Son las promesas baratas que ofrecen los que saben que hicieron algo malo y al final no son capaces de corregir. Es el maltratador que jura en un momento de arrepentimiento que no volverá a pegar a su pareja y reincide una y muchas veces más. No van a resolver nada.

Ir al mercado entraña una especie de duelo interno. Llegar a meter comida en la bolsa convierte el hambre, la pena, la inseguridad en un castigo. Los precios de los alimentos que han ido apareciendo en los anaqueles poco a poco, derrumban cualquier emoción al encontrarlos. Es imposible que ni siquiera con 30 mil bolívares de sueldo, alguien pueda adquirir una salsa de tomate, un paquete de café y un jabón de lavar ropa no regulado.

El costo de la vida aumentó el 563% solo en un año, eso significa mensualmente un 47,8%, lo que es igual al 1,6 % diario. Es decir, algo que cuesta mil bolívares, hoy, sube en un día 16 bolívares y al siguiente 16,25 Bs. y así cada día más. Los números hacen imposible que cualquier billetera pueda resolver las tres comidas de un hogar. Es imposible de aguantar.


Al bolívar, ese que llaman fuerte, cada día lo van enterrando más en el fango, no vale nada. La revolución lo convirtió en nada.


A todo este dolor de hambre, hay que sumar el de las medicinas. Las personas mueren por no encontrar las pastillas para la tensión, los enfermos no tienen antibióticos y los que tienen cáncer no consiguen los medicamentos. Por más que intenten los médicos en ayudarlos, por más que las instituciones y fundaciones luchen a como de lugar para conseguir los tratamientos, no hay, no hay manera de conseguirlos.

En el hospital J. M de Los Ríos, comen porque los restaurantes llevan comida, los padres mueven cielo y tierra por conseguir medicinas, los médicos trabajan con las uñas y aún así, después, cuando lo inevitable llega, cuando la muerte azota la vida de algunos de los niños, ni siquiera existe la dignidad de tener cavas para esperar a la funeraria, los niños tienen que estar aglomerados, juntos en la misma cava porque solo disponen de una, tal como lo contó hoy una madre, la mamá de Daniela, que murió por un tumor cerebral y que contó hoy su experiencia a través del Periscope de Miguel Pizarro.

Son historias y más historias y este gobierno de lo único que se ocupa es de amarrarse al poder, de la forma que sea, con militares, con armas, con argucias, con Consejo Nacional Electoral y Tribunal Supremo de Justicia incluido.

Tal vez los propiciadores del diálogo, solo miren por encima de su hombro cuando salen de las oficinas con aire que les ofrece el gobierno, cuando pasean por algunas calles en camionetas blindadas, cuando pasan rápido por las largas colas de los mercados, llenas de personas mayores, mujeres agitadas y niños hambrientos. Tal vez ellos no conozcan los detalles de una Venezuela que poco a poco va desapareciendo bajo las manos del terror. Ellos solo conocen los detalles de un escritorio y de los negocios que han conseguido para sus respectivos países. Así está el mundo