Se trata del Estado



david cameron


La decisión de David Cameron de convocar a un referéndum sobre la permanencia o no de Gran Bretaña a la Comunidad Económica Europea, ha demostrado que hay jefes de estado que actúan más como hombres de partido que como verdaderos estadistas.


Por: Max Römer Pieretti @_max_romer www.maxromer.es
Los pueblos son los que lamentan las acciones erróneas de sus dirigentes. Los políticos y sus asesores, emocionados por la figuración, entusiasmados en las campañas electorales, prometen acciones que ejecutarán cuando lleguen al poder o permanezcan en él. El afán de sus partidos por participar del juego político, de ese espacio de riqueza, boato y reconocimiento les hace olvidar que las instituciones que representan tienen como  labor el servicio al Estado. Se supone eso, que los políticos son estadistas, gente que piensa en personas, recursos y territorios para llevar las vidas de todos lo mejor posible.

Se trata del Estado. Lo vuelvo a escribir por si lo leyó de prisa, se trata del Estado. Los políticos no se eligen para que satisfagan caprichos ideológicos de un tono u otro. Se eligen para que desde sus ideologías apliquen acciones en el marco de la democracia que fortalezcan al Estado como madre de las instituciones, como espacio de bienestar, como territorio de gestión de recursos para el beneficio de todos.

David Cameron ha dado una  demostración de ser un hombre de partido, un peón de sus promesas que, arriesgando los destinos del Estado, apostó desde las estadísticas al juego de la comunicación política más perversa. Se dejó llevar por sus palabras, por lo que empeñó en la campaña para la reelección y, el resultado está en la boca de todos: el Reino Unido (UK) quiere salir, después de consultarlo en las urnas, de la Unión Europea (UE).

Con esa aspiración democrática no midió las consecuencias. Pensó que la consulta estaba garantizada, se fijó en los sondeos de la City, en el glamour de las vitrinas de las tiendas de Carnaby Street y convocó a referéndum. Dejó de lado a la gente sencilla que cultiva de tierras, a los campesinos, no pensó que el discurso del odio de sus rivales calaría en la mente de los que no ven el futuro a través de sus jóvenes, en el estado del bienestar compartido que se traslada en las tarjetas azules de sanidad europea, se dejó ganar por esas mentes que ven en la inmigración a un enemigo a vencer –con todas las ventajas que, bien canalizada, trae a los pueblos receptores–, y sometió en el peor momento de la historia reciente de las xenofobias a un in or out la permanencia del UK a la UE.

Cameron ha demostrado una incapacidad –que no sorprende– de dominar al Estado. No es un estadista y, para rematar la faena, con el pueblo dividido en dos mitades, dimite a su función en diferido, en una cobarde decisión de dejar a las almas del pueblo divididas en dos sentimientos, así, para que las crisis internas se desaten y, para más colmo, darle tiempo a su partido, el Conservador que elijan de entre sus filas al candidato para esas elecciones que llevarán a la cama del número 10  de Downing Street a alguno de los partidos opositores.

Cameron, se trata del Estado, no de tu partido. Ahora, trata de descansar sobre los hombros de tu conciencia esa metedura de pata que te reclaman ante el parlamento que sigues encabezando hasta octubre un poco más de un par de millones de ciudadanos encabezados por William Oliver Healey.

La voz de la conciencia del pueblo se impone, aunque sea moralmente, algo que no se debe perder cuando se rigen los destinos del Estado.

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