Los Roques, un paraíso olvidado



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De las playas más bellas que tiene Venezuela, el archipiélago de Los Roques es el sueño turístico de los amantes de la naturaleza, pero la escasez también se interesó por ellos a pesar de ser un paraíso turístico y solo el bachaqueo y lo que los pocos turistas que viajan les pueden dejar, es lo que les cierra la puerta al olvido.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Los perros en Los Roques tratan de morder a los lancheros que llevan a los pocos turistas que llegan a sus islotes porque los ven como los culpables de llevarse al final del día a los extranjeros, que son los únicos que les dan de comer. Están delgados y hambrientos, para ellos de alguna manera también llegó la escasez.

La escasez que abruma al país viajó cómodamente al archipiélago de Los Roques, a ese enclave turístico que debería ser la tacita de oro junto con otros puntos de Venezuela, de ese motor que anunció Nicolás Maduro en su decreto no aprobado por la Asamblea, de emergencia económica. Un motor que como el resto no arrancó y que para lo único que hasta ahora ha servido es para cobrar en dólares a quienes se atrevan a viajar a Venezuela, a pesar de las noticias que reflejan a un país sumido en la peor crisis de su historia.

Las playas son un paraíso. El pueblo es bellísimo, pequeño, con posadas y casas pintadas, acomodadas. La plaza Bolívar está rodeada de árboles y pequeñas edificaciones con el aire de los pueblos del interior de Venezuela, pero cuidadas, saben que se deben al turismo. Una tarima en el centro recibe a diario a los niños de la isla. Hay muchos niños. Deste hace mucho tiempo no hay cine, ni ningún otro entretenimiento.

Antes, hace unos años, un barco llegaba de tierra firme. Proveía a posadas y al pueblo de la comida de la ciudad. Verduras, proteínas, leche, jabón, todo lo que necesita un pueblo para vivir. También estaba el barco del frutero. Los habitantes del Gran Roque se acercaban a comprarle sus provisiones, como se hacía antes en los camiones de frutas que se alineaban en las calles de las ciudades.

De pronto, como todo, los militares o el gobierno, o los dos, tomaron el negocio y la comida empezó a escasear. Ya el barco no llegaba como siempre, con regularidad, se fue distanciando, se convirtió en un Mercal y se acostumbró a lo mismo que los Mercales de todos los rincones, cada dos meses llegan desde la costa de La Guaira hasta las costas del archipiélago.


Hace poco se les olvidó tanto que Los Roques están más allá de tierra firme que los roqueños vivían solo del privilegio que les da el mar. Llegó un momento que no querían ver un pescado más.


Muchas posadas, las más pequeñas, cerraron. Conseguir comida para los turistas es tan costoso y complicado que resultaba mejor dejar el negocio que habían comenzado con tanta ilusión. La pizzería más famosa también cerró sus puertas, le pidieron el local y lo mismo le sucedió a Banesco, así que solo quedó el Banco del gobierno, el Banco de Venezuela, que además desde hace una semana no da dinero por sus cajeros y  no puede atender a los roqueños y a los venezolanos en su agencia porque no tienen sistema y Los Roques están a tres horas en barco desde La Guaira.

Los habitantes de Los Roques sin embargo saben que son privilegiados con respecto a otros trabajadores que prestan cualquier servicio en tierra firme. Trabajan con turistas. Con los que todavía quieren disfrutar de las playas más hermosas de la región, los que saben que pueden practicar Kite board  en una isla exclusivamente para ellos, a pesar de que escuchan lo terrible de la situación en Venezuela, a pesar que saben que hay una diferencia con los venezolanos, porque ellos tienen que pagar en dólares hasta el pasaje.

Los roqueños tampoco tienen agua. Solamente pueden ver al preciado líquido una vez a la semana. Hay una planta desalinizadora. Un artilugio genial que extrae agua del mar, lo pasa por una máquina y distribuye agua limpia, clara, con fuerza, pero como todo, se echaron a perder algunas piezas, no hay dinero porque no hay dólares para comprar los repuestos, el presupuesto se desaparece en el camino y los roqueños también pasan a formar parte del racionamiento venezolano. Lo mismo sucede con las plantas eléctricas.

Los turistas disfrutan solo en las posadas que tienen sus propias plantas y que pueden bachaquear comida en tierra firme. Igual que los lugareños que tienen posibilidades al trabajar con extranjeros de mandar a traer en barco sus provisiones bachaqueadas, a un precio más caro que en la capital o La Guaira.

Tal como sucede en Cuba que trabaja con el turismo, algunos roqueños le piden a los extranjeros que les den pasta de dientes o crema de afeitar. Si tienen jabón, ¡pues es una bendición!.

Los guardias nacionales, tienen la obligación de revisar las maletas una por una a la llegada y a la salida, sin máquina, con sus manos, bajo un techo de lona que les cubre el sol. Cuando los turistas se van, les brillan los ojos al ver las maletas con lo que ellos ya no pueden tener y ya, en estos tiempos y con mucha pena y bajito, les dicen que si no les importa regalarle un pomo usado de pasta de dientes.

Este es el turismo hecho en revolución.