El Honor es su Divisa

Share on Facebook44Tweet about this on TwitterShare on Google+0Email this to someone

guardia nacional bolivariana

Fotos EFE




Las actuaciones hoy de la Guardia Nacional reprimiendo la presencia de unos pocos diputados y de unos periodistas en el CNE y permitiendo la actuación contra ellos de tarifados gubernamentales, refleja la descomposición no solo de la sociedad, sino de los que se supone son los garantes de la patria y la Constitución. La GN tenían como eslogan “El Honor es la Divisa”.


Ramón Barrios Sevillano
Qué fácil es reprimir con las armas frente a personas que la única fuerza que disponen es la de la palabra y la Constitución. Eso no es hacer honor a nada, eso es hacer honor a la barbarie y al horror.

Lo que pasó hoy en el Consejo Nacional Electoral es la demostración del miedo que recorre el cuerpo de los cobardes. Enfrentar un contingente de soldados y policías a cuatro diputados que lo único que pedían era hablar con la directiva del CNE, con unas mujeres que su deber es atender al pueblo, que no son reinas ni diosas intocables a las que se les debe un culto misterioso, no habla bien de quienes se erigen como soldados comprometidos y bolivarianos.

Los diputados solo iban a pedir un dictamen, a exigir un derecho, ya no como representantes de la mayoría de un país, fueron como ciudadanos comunes en busca de respuestas y se encontraron con la muralla de la intolerancia militar, con la actuación de unos ciudadanos que portando un uniforme irrespetaron los principios que debieron haber aprendido en su carrera en las Fuerzas Armadas, principios que tienen que ver con la defensa de los ciudadanos, de la Constitución y el orden. La defensa, general, no es atacar a quienes sin armas solo exigen su derecho o a los periodistas que con micrófonos y cámaras solo pretendían informar lo que ocurría.

La defensa, general, no es hacer méritos de complacencia con el terror para lograr ascensos. Se puede hacer el mismo trabajo sin agredir, ni promover el odio. Pudieron haber estado allí y conversar con los parlamentarios, dejar que fuera la grosería de las rectoras del CNE la que marcara la pauta, pudieron haber obligado a los colectivos y a los tarifados a retirarse sin problemas y sin violencia. Pero no, prefirieron buscar el camino de la bota.

Hoy, aun cuando es difícil estar al tanto por los medios audiovisuales secuestrados por el gobierno, pero gracias a las redes sociales, el mundo pudo observar, como la Guardia Nacional no solo impidió que los diputados pudieran entrar al CNE, solo entrar, el mundo se pudo dar cuenta que los echó a la calle como vulgares delincuentes, mientras permitió que el lumpen tarifado del gobierno portara tubos y palos y odio. El mismo odio que inhalan algunos de los altos mandos de la Fuerza Armada Bolivariana y que utilizaron para enseñarse contra los que solo exigen respuestas, los que solo exigen justicia.

Las imágenes de cómo agreden al diputado Julio Borges, sin que ningún Guardia Nacional acuda a impedirlo, son dantescas, propias de una sociedad corrompida. Las fotos demuestran cómo los guardias con sus escudos, aupados y dirigidos por el general Fabio Zavarce, atropellan sin piedad a personas decentes, personas que estaban hasta vestidas con la rigurosidad del caso, mientras otros con el hambre en sus ojos y el odio en sus manos, sin saber qué es lo que se llama dignidad agredían con desesperación, colocan en muy mal lugar ya no al gobierno que no acepta que la democracia se ejerza, sino a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que con su sentido chavista se aleja a pasos agigantados de su papel de defensa de la patria y la Constitución, para convertirse en aliada incondicional del autoritarismo.

Si tan seguros están del amor del pueblo, no deberían actuar con el miedo a contarse. Si tan seguros están de su fuerza deberían reprimir la inseguridad. Lamentablemente, general Vladimir Padrino López, lo que vimos hoy todos los venezolanos a través de las imágenes y videos, nada tiene que ver con la paz y el orden. Lo que vimos hoy es la fuerza utilizada contra la Constitución. La institucionalidad obligaba hoy a sancionar la violencia propinada en un acto que no iba más allá de una exigencia, no a aplaudir y declarar a favor de unos hechos que en nada nos deben enorgullecer.