Las diferentes formas de adquirir alimentos en Venezuela

harina, azucar


Entre colas, bachaqueo, esa palabra inventada por la economía venezolana, y la compra de productos, como si cada individuo fuese un negocio de comidas, se ha convertido el día a día de una población que pasa muchas necesidades. Necesidades de todo tipo, pero que comienzan con la más elemental, con la de poder llenar la barriga aunque sea una vez al día.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Los venezolanos poco tienen que ver con la igualdad social que pregonaba Hugo Chávez, las desigualdades continúan existiendo y la economía ha cambiado el presupuesto de los hogares a todos los niveles.

En los estamentos más bajos, la vida se les ha hecho de cuadritos y bien oscuros. El dinero no les alcanza, el trabajo se les ha puesto complicado y el día a día se convierte en el sobresalto continuo. El día de la cédula que toca para poder comprar, esa especie de lotería que se ha instaurado en el vivir de cada habitante, es un día perdido en la existencia de los venezolanos.

Ese día de la semana en que la providencia sitúa la horas de cola es una jornada perdida para cualquier otra cosa productiva de un ser humano, es el horario productivo despilfarrado en un espacio de tiempo sin sentido. Si se trata de trabajo, ni hablar, es imposible asistir y si lo hacen es por pocas horas. Llega un momento que hay que decidir si cumplir con una obligación o tratar de conseguir algo para poder alimentarse y seguir viviendo. Simplemente eso, vivir.

Las colas para encontrar “algo” son interminables, agotadoras, no dejan espacio para recrear ni siquiera el espíritu y el intelecto. La idea es que las horas pasen lentamente con la única distracción de una conversación con las personas que se apuestan en la misma espera alrededor. Son los instantes en el que las desgracias unidas a la queja afloran en busca de nada, de ningún consuelo, porque las tristezas son las que abundan en esas filas denigrantes.

Para muchos, los días transcurren en la búsqueda de algo, para otros la desesperanza lo único que los ata al mundo es una silla en la que esperan alguna caridad, para algunos se traduce en llegar a tiempo a recibir las migajas introducidas en una bolsa con ciertos ingredientes, a veces mezclados con lo que jamás pensaron los seres humanos de un país que fue tan rico que podrían ingerir. Bolsas con arroz y alpiste, por ejemplo o con un café perdido entre ramitas. 

Otros, los que deciden que su vida no puede perderse en eternas líneas para nada, optan por conseguir lo que no encuentran en los buhoneros, en esa red de distribución que debería dar clases magistrales al gobierno de cómo colocar los alimentos para que todos los venezolanos tengan acceso a ellos y así evitar prender el ventilador y asignar culpabilidades en las sombras que los atormentan.


Las consecuencias son que su sueldo, que cada día se desvanece más en una subasta al alza que se apodera de los productos venezolanos, sin importar precios justos ni valores reales, se cuela por el monedero para pagar lo que otros han decidido que es justo.


Ese grupo de venezolanos es el que se ha convertido de la noche a la mañana en desprotegidos y desamparados. Son ese estamento social que gozaba de ciertas ventajas debido a sus estudios y a su trabajo y que hoy sienten que ninguno de sus esfuerzos ha sido recompensado en estos tiempos.

También están los que tienen posibilidades de conseguir los “bultos” de algo, de lo que sea y pagan enormes cantidades de dinero que hacen que su presupuesto mensual se vea trastocado, acumulan asustados. Buscan espacios en los lugares más insospechados, en los maleteros, en los huecos donde reposa el aparato del aire acondicionado, debajo de los sofás, de las camas, en los closets al lado de las toallas, donde sea. Papeles de baño, harina pan, azúcar y todo eso cuando se consigue.

Ya la leche brilla por su ausencia. Este grupo de venezolanos ha convertido su vida en un negocio particular. Es decir, mientras antes compraban la harina necesaria para alimentar a su familia durante quince días, por ejemplo, ahora han tenido que distribuir su presupuesto cual si de un restaurant, una bodega o una panadería se tratase. Compran por sacos. Así sucede también con la leche. La compran igual que si se tratara de un negocio. Unos la reparten, otros los que tienen más capacidad dentro de la “otra nevera”, la guardan en bolsas de plástico después de haber hecho la distribución pertinente.

Después están los ricos, los que se han hecho más ricos gracias a este sistema, los que no tienen problemas en que alguien les arme cada semana una caja con productos de Estados Unidos, muchos de los cuales ya se consiguen hasta más baratos que en la cadena de distribución de los bachaqueros venezolanos y que no les importa agregarles a su costo el pago en dólares del envío.

Venezuela se ha convertido en un país muy particular, complicado, en el que buscar comida de la forma que sea, es simplemente el pan nuestro de cada día.