¿Dónde están las promesas de un gobierno, en el que su pueblo pasa hambre?

papa e hijo


Mientras despliegan policías y militares por todo el país para evitar que el pueblo proteste, que exprese su inconformidad con la situación del país, no tienen tiempo ni alcance de mira para darse cuenta que los venezolanos pasan hambre y con más dignidad de la que pregonan desde el poder, se rebuscan para poder alimentar a sus hijos.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Hambre, hay hambre y con esa ardor que provoca el pasar muchas horas sin ingerir alimentos, se derraman las lágrimas de la impotencia en miles de hogares de la geografía venezolana. El país que los actuales gobernantes rechazaban como bandera electoral, es hoy el de un pueblo que sufre cuando no puede darle a sus hijos ni un pedazo de pan.

Las ciudades se han convertido en un hervidero, en protestas constantes, en saqueos, en robos, en inseguridad.

Cientos de hogares se han visto sorprendidos por la impunidad y el asalto de ladrones que han aprovechado los continuos cortes de luz para someter a sus habitantes. Entran y acosan, se llevan todo, por llevarse se llevan hasta la dignidad. Mientras, las fuerzas de seguridad y los encargados gubernamentales, se entretienen deteniendo las marchas de jóvenes y viejos que exigen que se cumplan las leyes o escribiendo tuits vulgares.

Hay muchas historias tristes de niños que ni siquiera pueden ir al colegio porque no tienen para comer o que tienen que acompañar a sus padres para ayudarlos a hacer  largas colas en los mercados a ver si logran encontrar algo.

Hay muchas historias tristes de cómo la inocencia es capaz de descubrir el hambre en los ojos de sus compañeros y reparten su desayuno, en un compromiso que todavía se anida en la mayoría de las raíces de un pueblo que no es así, que no tiene odio, que no es envidioso, violento, como el gobierno se empeña en sembrar.

Así le pasó a Carolina, cuando de pronto se asomó a la puerta de la calle y vio a un hombre humilde, bien vestido, arreglado, acompañado de un pequeño con su bulto y ataviado con el uniforme del colegio. Era un niño parado al lado de su padre, esperando mientras lo contemplaba en silencio.


El cuadro silente, estremeció la visión de Carolina cansada de deambular de mercado en mercado para conseguir alimentos y guardarlos en la espera de peores momentos, si eso es posible.


El señor buscaba comida en la basura, mientras su hijo callado asumía aquella actitud como parte de su vida, para luego, al finalizar la búsqueda, ir de la mano de su padre caminando hasta el colegio. Cuando Carolina se le acercó el señor se puso nervioso, sin embargo con una voz dulce, callada, temerosa, se disculpó con la vecina que lo sorprendía en una acción que solo debía ser conocida en la intimidad de su familia por lo ignominioso de la situación.

El la había visto en otras ocasiones cuando cada mañana iba limpiar los vidrios de un Mac Donald cercano, por eso el arrebato y la vergüenza le subieron los colores a la cara, a la dignidad y a la tristeza.

– Señora, le dijo como disculpándose, soy padre y madre de mis dos hijos. Este pequeño que tiene 7 años y una jovencita de 14. Trabajo limpiando vidrios, pero no me alcanza y por eso estoy buscando algo para ayudarme.

A Carolina se le partió el corazón y le recorrió la indignidad por su sangre con solo recordar las proclamaciones de revolución, pueblo, soberanía, dignidad, que el gobierno se empeña en difundir en las largas cadenas de radio y televisión, mientras el país que ya ni lo ve, se da media vuelta para encontrar algo con lo que “ayudarse”.

Carolina, le pidió al señor que esperara un momento regresó a su casa.  Fue a la alacena que con tanto mimo había cuidado en la espera de peores momentos para su hogar. Recogió en una bolsa los alimentos que por unos días ayudarían a un hombre que tiene que velar como sea por sus hijos, por su crecimiento y que efectivamente no enarbola esa dignidad de la que hablan desde el gobierno, sino la de los valores de la honestidad y la decencia. Busca comida sin robarla, ni siquiera por el hambre, como un día Hugo Chávez justificaba.

Cuenta Carolina que se sintió conmovida por la cara de felicidad del hombre, pero que fue aún más enternecedora la sonrisa del niño cuando recibió de las manos de una buena samaritana, una bolsa con galletas y caramelos.

Ver esa cara me hizo pensar que todavía existe la ingenuidad ante tantas calamidades en Venezuela. A mí me enseñaron que es mejor dar que recibir. Nunca entendí bien ese mensaje, al ver ese espíritu tan noble en la sonrisa de un niño y el agradecimiento de su padre, creo que no se cumplió ese dicho, porque definitivamente recibí mucho más de lo que di.