La Historia de Terror en un día con fallas en el Metro

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Vivir el día a día en el metro en Caracas no es fácil. Pero si a ello se le suma las fallas eléctricas a última hora de la noche, unido a la improvisación, lo único que puede producir son historias de terror y desesperación.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Julio tenía que ir de nuevo a coger el metro en Plaza Venezuela. Su trayecto era hasta Antímano, de ahí un autobús hasta Montalbán. Es un recorrido que debe hacer a diario.

Cansado de un largo día de trabajo sabe que las horas de regreso son las peores, así sucede en cualquier país del mundo. Todos tratan de entrar y como sardinas sienten la respiración del otro soplando en el brazo que toma junto con otras manos el tubo del vagón, que está a reventar. Se juntan los espacios en un palo que sostiene varios cuerpos.

La improvisación eléctrica también tocó al metro. En la noche del viernes de pronto, los cables no pudieron más. ¡Zas!..una falla deja a un tren sin poder llegar a la estación de Zona Rental. El andén está lleno de gente desesperada por llegar a su casa, asustada porque la noche está encima y ya sabemos cómo es la oscuridad en la capital.


Cuando aparece el tren en la lejanía, el sudor del calor de los cuerpos más próximos, comienza a acelerar el ritmo del corazón. Esa adrenalina que convoca a una respiración más fuerte, a sentimientos entremezclados. Susto y desesperación. ¿Llegaré? ¿Podré entrar?


Los que se atapuzaron dentro de los estrechos vagones, sintieron cómo ganaban una batalla al tiempo. El tren decidió reanudar su acostumbrado viaje, pero la electricidad no ayudaba. La fuerza perdida también se unía a la desesperación de los usuarios. Lento muy lento, demasiado para un aparato que sabe que una de las líneas de su motor quedó sin electricidad.

El tiempo se hizo eterno. Doce minutos desde Zona Central a Parque Central. Un recorrido de minutos decidió alargar la noche de quienes tienen que tomar el metro para poder desplazarse. Julio solo pensaba que lo que estaba viviendo era simplemente “un martirio insufrible”.

A esa extraña sensación de alargar los minutos hacia un punto desconocido en la oscuridad, se unían los gritos de desesperación de los usuarios que pagaban su angustia con los empleados del metro, el llanto de los niños que no entendían por qué había tanta gente, por qué tenían a alguien montado encima, por qué sus padres casi los acompañaban en un llanto de desesperación. Los borrachos, los habitantes de lo que llaman el mal vivir y están acostumbrados a deambular por las estaciones y las calles a esas horas, no entendían que tanta gente los acompañara en esta ocasión. Se sentían incómodos con el asalto a su rutina.

Los botones de emergencia de los vagones sonaban en un chillido sin compás. Todos los tocaban, la falta de aire, desmayaba hasta la razón.

Ahí estaban también los que hacen el papel de sabrosos, “Mami no quieres producir?” “Prodúcete algo ahí no seas caleta….”, le decían a una joven que tenían a su lado y que miraba hacia otro lado evitando que la situación se torciera más de los previsto y no pudiera salir corriendo. En el metro las historias de tocamiento son muchas, pero si les pones el ingrediente nocturno, sin seguridad y con el miedo en las venas de todos los que parados esperan la llegada a la estación, se convierten en tragedias sin fin.

Con todo este drama, en los sótanos de la ciudad, los directivos no decidían extender el servicio de metrobus. ¿Qué importa?. Esa es la ciudad que ahora hay. Es así, no hay más remedio.

El recorrido finalizó después de un trayecto eterno. Tan eterno que al llegar a la estación de Antímano ya estaba cerrada. Todo oscuro. El lobo abría su boca en ese momento.

A Dante, piensa Julio, le hubiera encantado escribir su infierno en ese vagón.