Hoy Susana Recibe un Premio

Susana Barreiros


La Asamblea Nacional, sabiendo que el voto popular los hizo a todos desbancarse  de sus sillas, decidió actuar como lo hacen los marrulleros. Por la puerta de atrás nombró en el cargo de Defensora Pública a Susana Virginia Barreiros Rodríguez, un cargo que tiene como fin “garantizar el derecho constitucional de toda persona de acceder a los órganos de administración de justicia para hacer valer sus derechos e intereses legítimos”. Qué buen premio para quien no lo conoce.


Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
Susana Barreiros tiene 34 años. Ya ha pasado la juventud, sin llegar a ser una señora de las cuatro décadas. Todavía le queda mundo por recorrer.

Poco se sabe de ella, solo que accedió a ser juez provisional y unos cuantos cuentos sórdidos, que además que no tienen sentido publicitar, tampoco se sabe si son simplemente especulaciones sensacionalistas.

Es delgada, de pocas sonrisas. Dicen que vota en Carrizales y estudió en la Universidad Santa María. Los avatares del destino la pusieron a ser la juez de uno de los casos más sonados e injustos de los últimos tiempos. Pero ella, taimada, callada, decidió que ese iba a ser su papel. Ser la juez del régimen. Los principios solo ella y los más cercanos los deben conocer. Tal vez su ideología está estrictamente apegada al gobierno al que decidió plegarse.

Sabía cuando lo hacía, -sin entender el  resto de los venezolanos por qué aceptó hacerlo-, que al ser la juez que iba a llevar el juicio de Leopoldo López, sería objeto de la ira de muchos, del desprecio de otros. De la descalificación como abogado, como persona y como juez. Pero quién sabe cuáles serían sus razones, todo son suposiciones en la vida de Susana Virginia. Una vida de la que poco se sabe, solo que tiene 34 años.

Hizo muchas cosas Susana, favores judiciales más que cosas.

También condenó a 13 años a Leopoldo, un joven, un poco mayor que ella. Un padre y esposo, con dos niños pequeños, que van cada domingo -desde antes incluso que ella decidiera dejarlo por 13 años entre rejas-, a ver a su padre. El no los ve crecer sino por minutos, porque esta señora que no ha llegado a las cuatro décadas, se plegó no se sabe por qué razón, a los miedos del régimen.


Por eso quizás, Susana tampoco lo miraba


Susana después de haber dado su sentencia injusta, de haber aceptado pruebas falsas, haber rechazado testigos, se debió haber dado cuenta de lo evidente. Que el joven inocente que condenaba junto a unos estudiantes, tenía como único delito que despertaba credibilidad en buena parte de la población y eso lo convertía en peligroso. Tan peligroso que los soldados que lo rodean tienen prohibido hablarle, mirarlo a los ojos. No vaya a ser que les contagie la sonrisa y la esperanza. Por eso quizás, Susana tampoco lo miraba

Susana, después de aquel acto el 10 de septiembre de 2015, que quedará para siempre en la historia de su vida y su conciencia, decidió desaparecer.

Vinieron las especulaciones. Se va para Chile decían unos, no la aceptaron contaban otros. Nadie quería que paseara tranquila con su abrigo, delgada y cabizbaja, por escenarios  en los que pudiera pasar desapercibida. Lo cierto es que Susana se escondió por un tiempo, no se sabe si por la vergüenza o por precaución. Pero desapareció.

Hata que las elecciones del 6 de Diciembre le demostraron al gobierno y a Susana que la gente estaba harta, que no le gustaba la forma cómo actuaban. Con un arma tan simple como un voto secreto, les gritaron en voz baja que no los querían.


Susana no sabe o no aprendió que todo tiene su final.


Susana debió haber escuchado en su encierro particular que el pueblo de Ramo Verde fue a cantarle el 6 de diciembre en la noche una serenata de libertad a Leopoldo López en los muros de su cárcel. Quizás esta señora de 34 años no escuchó la alegría de ese pueblo, seguramente sus oídos tampoco oyeron que la mayoría le dijo no, a lo que hizo el gobierno con el que ella estuvo de acuerdo cuando dictó aquella injusta sentencia.

Pero Susana no quería encerrarse en su casa. No le gusta el encierro. No le gusta vivir en un espacio tan pequeño como al que condenó a Leopoldo.

Por eso abrió la puerta de nuevo cuando otra vez se la tocó Diosdado Cabello. Quizás los “ojitos bellos” que encandilaron en una oportunidad a Chávez, también lo hicieron con ella y aceptó una nueva designación. Un puesto grande para ella, que es menuda, delgada, callada, de 34 años.

Susana es ahora la nueva Defensora Pública General, un buen premio. Se lo dan por siete años. Quizás en algún momento de su vida supo de verdad de qué se trataba. Es fácil, el cargo se describe solo. Pero en su caso es claro que el único requisito para obtenerlo es que se tiene que adaptar a las reglas impuestas por el que lo reparte. Y se viste así Susana de un poder que no es para ella, de un poder que deberían darle los ciudadanos de un país que lloraron cuando el día 10 de septiembre de 2015, decidió que un hombre joven e inocente pasara 13 años más de su vida, encerrado en una cárcel.

Susana no sabe o no aprendió que todo tiene su final.