La “mala suerte” de no pegar el número de la cédula

 

Venezuela ProhibiciónLos venezolanos menos privilegiados ven como cada día les es más difícil acceder a los productos básicos y como su vida depende de que les salga el númerito del terminal. Hay además peores días para jugar y lograr el “premio”.

Ya no se trata de tener una cartilla de racionamiento electrónica, que imita de forma más moderna la legendaria cartilla cubana. Es que este límite en las compras de los productos básicos impuesta a los venezolanos, es una copia mala de lo que durante más de 40 años han vivido los cubanos.

Este pueblo caribeño oprimido por una dictadura de izquierdas, dispone de una cartilla de cartón en la que se le especifica qué productos y cuál cantidad pueden comprar durante la semana. Pero siempre acceden a ellos, pocas cantidades, si, pero siempre tienen unos granitos de arroz.

Nosotros, que tenemos años diciendo, “no, a nosotros eso no nos va a pasar”, estamos viviendo este racionamiento pero en unas condiciones tales que los productos no llegan nunca a nuestras manos.

Por ejemplo, los que tienen la mala suerte de contar con una cédula cuyo terminal es 0 y 1, les toca los lunes comprar en los supermercados que exigen este requisito. Pero resulta que generalmente los lunes los supermercados no se abastecen. Las razones, son fáciles de entender en un país tan improvisado y que se ha acostumbrado en muchos niveles a no hacer las cosas como se deben hacer.

El fin de semana seguramente lo toman para “descansar”, especialmente los burócratas funcionarios de ese organismo encargado de distribuir los productos como ellos consideren y a donde a ellos les provoque. Se trata de la Superintendencia Nacional Agroalimentaria, una oficina que emplea a personas que con un block en mano dicen en cada fábrica cuantos productos hay, cuantos van para donde ellos quieran y cuando. Faltaría el por qué.

Así que los que portan con la mala suerte de no tener los números indicados pierden su oportunidad de comprar. Sin embargo, y por aquello del por si acaso, acuden a hacer su cola del lunes a ver si tienen la suerte que hubo alguien responsable y decidió enviar “algo” a ser adquirido por los pocos afortunados de los lunes.

Todo esto por supuesto, no pasa en las casas del gobierno o en la de los venezolanos con recursos que pueden contactar a su bachaquero personal, o tienen la disponibilidad de ir hasta donde reinan los buhoneros o en el mejor de los casos, mandan a su chofer hasta el propio centro donde se consigue de todo a altos precios.

En esta injusta distribución caen todos por igual, o al menos todos los que no disponen de grandes sueldos o las personas mayores que no tienen ni cómo conseguir el contacto con un bachaquero, o no pueden acercarse a los mercados donde reina esta economía informal o simplemente, también entran dentro del campo de la mala suerte de los lunes.

Cuando a estas personas ya entradas en la tercera edad les llega el día del terminal de su cédula y logran movilizarse hasta el centro de alimentación el día de su “bingo”, cabe la alta posibilidad que se encuentren con que no llegaron los productos desaparecidos por culpa de “la guerra económica” según el gobierno y pierdan así la batalla ante las armas gubernamentales y su Superintendencia Nacional Agroalimentaria, nombre difícil de manejar para cualquier mortal que no haya tenido acceso a la ideología tan aprendida en los seguidores del Socialismo del siglo XXI.

Alguna que otra vez, estos funcionarios que se apuestan en el interior de  los supermercados con el enorme trabajo de entregar el producto del día al agraciado con la cédula premiada, se han encontrado con personas mayores que lógicamente se niegan a hacer colas. Y es que ahora ya no hay tercera edad que valga. Así le pasó a María Pilar, que se negó a ser “ninguneada” y no aceptó que la mala suerte hubiera acompañado a su número de cédula cuando se encontró que la leche y el papel toilet lo vendieron el día anterior y no le tocó en su día surtirse de nada. Allí se plantó ante los funcionarios y les exigió un día diferente al que el destino le escribió su cédula, respeto a sus canas y logró llevarse su leche, sin ser marcada con la línea del bingo.

Es triste a lo que se ha llegado. Ya no es en Cuba. Es en un país que hasta hace poco conocía lo que era la libertad y que ahora tiene que vivir pegado a la cultura de jugar con el hambre y de ver como muchos se acostumbran a no trabajar y a vivir de hacer colas y de esperar, porque eso ya ni siquiera es un sueño. Se acostumbran a jugar a la suerte a ver si el día que les toque su número, tienen la suerte que unos funcionarios privilegiados les abran la puerta para poder alimentarse.