Doggi’s pasó de Carrito de Perro Caliente a Arepera

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doggi's

 

Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios

Comenzaron vendiendo los “asquerositos”, unos perros calientes con papitas y quesos en una esquinita escondida en Brickell. El tiempo, la perseverancia y el trabajo los llevó a posicionar su marca en un exitoso restaurant cerca del centro financiero de la ciudad.

Cuando Yoleida Galiano o mejor Yoli, como la llaman sus clientes y amigos, salió un buen día de El Batey, en el sur de el Lago de Maracaibo, jamás imaginó que su vida daría tantas vueltas y que acabaría en Miami regentando a Doggi’s, un restaurant de comida venezolana, con fama entre la comunidad latina por sus arepas y rellenos.

Al entrar a Doggi’s, los venezolanos experimentan la sensación de estar en un pedacito de terruño venezolano. Es un espacio pequeño situado en Coral Way, una calle con enormes y frondosos árboles. Muy transitada por carros. Las paredes están llenas de detalles de nuestra tierra, la Rosa Mística artesanal, cuatros, maracas, afiches de marcas de comidas venezolanas y una enorme alacena de madera con adornos y chucherías, susys, cocosettes, pirulin…Pero lo mejor son las mesas y las franelas de los dueños y empleados. Tienen un corazón enmarcado por los colores de la bandera y un montón de palabras que nos identifican, “billullo, refresco, pichirres, guarimbero, birra, empate, guiso, sapo, perolera”…y unas cuantas más, algunas subiditas de tono, de las que usamos en nuestro lenguaje a diario.

La historia de Yoli tiene muchas vueltas porque comenzó cuando después de ir y venir a Estados Unidos, tener a sus dos hijos mayores en tierra norteamericana y al tercero en Venezuela, vivir en Mérida y divorciarse, se encontró con que su hijo mayor le dijo que se iba de Venezuela a probar suerte en la Florida. Su calor de familia se vio resquebrajado por lo que en el 2001, justo cuando las Torres Gemelas fueron derribadas, agarró a sus otros dos muchachos y se embarcó para Orlando.


Cada día que llegaba miraba erguida la casa que le tocaba limpiar pensando por dónde debía empezar


Arregló sus papeles y los de su hijo menor y comenzó su nueva vida. Nada fácil porque el trabajo que consiguió fue limpiando casas en construcción. Ella y un grupo de venezolanos, dirigidos por una señora antipática y déspota, trabajaban de sol a sol quitando cemento y pintura por 5 centavos el pie cuadrado. Cada día que llegaba miraba erguida la casa que le tocaba limpiar pensando por dónde debía empezar, pero asegura que lo hacía con gusto y así se lo decía a sus hijos cuando se los llevaba para ayudarla y protestaban, “si hacen las cosas con paciencia y con gusto, todo sale mejor”

Y así estuvo cinco años en la tierra de Mickey. Sus hijos se cansaron y se fueron a Miami a probar fortuna. Y a ella otra vez, le entró aquel desasosiego que comprime el corazón de las familias separadas y que tanto se empeña en aparecer en las costumbres de los venezolanos. Recogió sus peroles y se fue detrás de ellos. Y de nuevo a limpiar, esta vez en casas de familias. Hasta que su segundo hijo, Giovanni Estévez, le dijo “mamá voy a comprar un carrito de perros calientes”

A todas estas, ella se había casado con George García, otro venezolano con nombre gringo, y los dos decidieron aceptar la propuesta y ponerse en una esquina del supermercado Publix de Brickell a vender perros y guarapo de papelón. Le pusieron a su carrito el nombre de Doggi’s (perritos) y lo adornaron de tal manera que siempre llamaba la atención. Con la esencia de los perros calientes callejeros comenzaron su camino de emprendedores. Las salsas las hizo el hijo mayor, Carlos Miguel Estévez, y les agregaron papitas y queso parmesano, para hacer “unos asquerositos” típicos de las calles venezolanas.

Los clientes se fueron convirtiendo en fijos. Cada día había más, sobre todo venezolanos. Los policías, también se paseaban por allí y hacían caso omiso de alguna que otra señora mayor que se quejaba porque no le gustaba ver un carrito de perros calientes en el estacionamiento.

Entre sus cuentos, recuerda Yoli cuando una venezolana se acercó a asegurarle que le quería hacer una entrevista y con grabadora en mano le preguntó de todo, y tanto le preguntó que le sacó las recetas de las salsas. La entrevista nunca apareció, lo que si publicaron un buen día en Nueva York fue la foto de la supuesta periodista vendiendo arepas y perros calientes con las recetas de Doggi’s!!!. De allí aprendió.

La cosa iba bien y una amiga dominicana le ofreció un local cerca de donde estaba su carrito. La amiga trabajaría con una fuente de soda en el día y ellos entrarían en la noche, después de las 6 de la tarde. Decidieron intentarlo. Cada tarde, después de vender sus perros calientes, se iban al nuevo negocio, cambiaban la fachada, le quitaban el nombre dominicano y ponían Doggi’s. Limpiaban todo, lo disfrazaban con cosas venezolanas y vendían sus comidas hasta la madrugada, “cuando siempre cae bien una arepita”.

Todo iba viento en popa. Cuando hicieron por primera vez 300 dólares de caja, brindaron…pero a los 4 meses, llegaron un día y se encontraron con que el dueño del local había sacado a los dominicanos por falta de pago y se había quedado con sus ollas, el televisor y todos sus utensilios. Fue una sensación horrible, pero no les quedó otro remedio que continuar con su carrito. Su vecino en el estacionamiento, el señor de la tintorería, les abrió el camino para alquilar otro local, un poquito más allá. El dueño era un venezolano que lo tenía cerrado, pero listo, con mesas, cocina y todo. Y lo mejor, se los podía alquilar.

Dice, Yoli que siempre ha estado bendecida por Dios, y otra vez, encontró la suerte. El local estaba hecho y no había que invertirle, sólo había que empezar.

No era Brickell, pero estaba cerca y ella estaba segura que sus clientes la seguirían. Y así fue. Su hijo Giovanni apostó por hacerlo, Carlos Miguel, le dedicó junto con ella el empeño a la cocina y el menor, José Alfredo Estévez junto con George colaboraron en la atención a los clientes. Comenzó así hace 5 años un negocio familiar.

Hoy Doggi’s (@doggismore) está lleno todo el día. Le llega gente de Weston, de Palm Beach, de todos lados, atrapados por las arepas, hamburguesas, los patacones, los jugos y la chicha. Los cortes de las carnes, son hechos por un venezolano, así que no hay duda a la hora de comer y pedir. Compran la carne a un distribuidor venezolano. El delivery lo hacen dos venezolanos y los que atienden también son criollos. Son 14 personas con acentos de nuestras regiones. El único que habla con un cantaito diferente es el cocinero, que es mexicano, pero aprendió de los Estévez Galiano a cocinar nuestros sabores.

Ya desde hace dos años, cuenta Yoli, ellos pueden disfrutar de su sueldo. Antes, mientras salían adelante, lo que producían daba para pagar a los empleados, mantener el restaurant y algunas necesidades.

Hoy sus seguidores y sus más fieles clientes, han convertido a Doggi’s en un referente de las mejores arepas y de la cocina venezolana en Miami.