El Drama de la Emigración

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Jorge Díaz, Hjahsahjsjah hasjhsjhajas.

Gloria Rodríguez-Valdés @gloriabarrios
La soledad es su compañera. Con ella va de la mano y por ella habla cada cierto tiempo por teléfono con un psicóloga que lo ayuda a combatirla, a enterrarla en lo más profundo de su mente.

Jorge Díaz es ciudadano de Estados Unidos. Nació en California cuando sus padres decidieron hace 50 años pasar un tiempo en estas tierras. Hasta los 8 estuvo sin pisar Venezuela, la tierra de sus ancestros. Hasta que sus progenitores decidieron regresar.

Después de graduarse en Administración en la Universidad José María Vargas, decidió irse a Margarita. Y allí hizo su historia con su primera esposa, y con la segunda, con la que tuvo dos hijos. Un varón de 12 años y la niña de sus ojos, de 10.

Estaba tranquilo en la isla. Pero como a muchos le empezó a rondar la idea de emigrar. La situación económica, la inseguridad, el futuro de sus hijos, los cuentos de los libros de los cubanos.

Su esposa, odontóloga, en uno de esos viajes a Miami para comprar y ver otro mundo, le comenzó a susurrar la posibilidad de emigrar, de explorar nuevos rumbos en Estados Unidos y en octubre del 2012, se lió la decisión en la cabeza y se vino a Miami. Al primero que vio fue a un amigo. Le prometió la tierra prometida y al poco tiempo se acabo, la tierra y la amistad. De allí en adelante comenzó su peregrinación buscando trabajo, para reunir, contar de cien en cien, para mantenerse y siempre con la esperanza de encontrar algo mejor.

Su vida da vueltas. Su familia en Venezuela. El aquí. Facetime y Skype son su abrazo al amor de sus hijos, de su esposa. Inicia su papeleo para traer a su familia. Sus hijos ya tienen pasaporte de USA porque él ya los había solicitado, pero falta la residencia de su esposa, la odontólogo. Es la primera que quería venir, pero con posibilidades. Aquí no puede ejercer y se niega a planchar camisas, como María Elena, la odontóloga que dejó su carrera porque la iban a acusar de la muerte de una pequeña en su consultorio. La niña era la hija de un general.

A partir del año 2012, para Jorge la vida se ha tornado en un tormento. En una disyuntiva. Sus lazos familiares al sur del continente y su decisión de conseguir el sueño americano.

Mientras tanto, mientras lo busca, la soledad lo abruma. Se tiene que sentar muchas veces a recapitular. A contar sus ingresos, a rebuscarse en un país en el que no es fácil vivir. En una ciudad costosa, con distancias eternas y con pocos medios de transporte públicos. Es necesario contar con un carro propio, pagarlo mensualmente. Ahí vienen los números que se estacionan en la vida de los emigrantes. Pagar y pagar, sumas cuentas de tarjetas y de servicios básicos, los impuestos. El que se retrasa en un pago, cae en un hueco difícil de salir, entras en la lista negra. “Si tienes buen crédito tienes la oportunidad de conseguir más adelante cuando todo se estabilice, un préstamo para comprar tu casa con bajos intereses”, dice Jorge.

Siempre le gustó la remodelación. Y en eso de vez en cuando hace sus tiritos. Como muchos emigrantes. Sin desvelarlo a voces. No quiere ser uno más, un asalariado trabajando para alguien que ya estudió y logró el título. En la Florida para trabajar bien en el mundo de la construcción, la mejor manera es estudiando.

Por eso obtener la licenciatura es su objetivo. Tarda un año y el libro gordo de Petete o el diccionario de Larrouse, son un detalle, al lado de los libros que tiene que aprenderse para ser General Contractor. Fórmulas, más fórmulas, formas, normas y leyes llenan sin cesar las cientos de páginas de las guías. Los exámenes son dificilísimos. Ya me han raspado dos veces, dice Jorge. Pero su empeño y su objetivo están claros.

Son días horribles los que pasa en las cuatro paredes del hogar sin el cariño de su familia. La ansiedad, la depresión, la tristeza, tratan de abrir las puertas a menudo. Cuando eso pasa, los mensajitos del teléfono con la psicóloga en Venezuela o la consulta por teléfono, porque en bolívares es mucho más barata, es su mejor solución.

“En el ínterin estudió para lograr otra licenciatura. La de Financial Advisory”. En Estados Unidos todo el mundo tiene que tener un seguro para todo y con su experiencia en administración, comienza a abrirse un camino, la de vendedor de seguros.

Pero en el mientras tanto, Jorge trabaja en un “rent a car”, venezolano. Busca a las personas en el aeropuerto, las lleva a la oficina, les hace el contrato. También pinta apartamentos y arregla cosas. Trabaja para Uber, la aplicación de Google que está sustituyendo a los taxis. Y con amigos y personas con las que ha establecido una confianza, les trabaja llevándolos y trayéndolos. Sobre todo en las noches, cuando “se echan unos palitos” y saben que no pueden manejar. “Así no paso las noches solo, los llevo y los espero tomándome un café, hasta que deciden regresar, puede ser hasta las 5 o 6 de la mañana. Mientras, él se sienta a esperar, solo o acompañado de recuerdos.

Para él no han sido fácil estos dos años. Cree que ha tenido suerte porque ha habido gente que le ha tendido la mano. Pero asegura que los venezolanos no son muy solidarios fuera de las fronteras y lo ha visto con lo que sufren otros coterráneos.

“En estos días mi pequeña me contó asustadísima que paseaban con el perrito que compraron y las rodearon a ella y a su mamá unos motorizados. Se asustaron y corrieron al carro y me dijo llorando, papi yo me quiero ir de aquí”.

Eso le partió una vez más el alma a Jorge. “Tuve que hacerme el fuerte y restarle importancia, pero pasé unos días muy mal, con mi psicóloga logré medio superarlo”. Pero es que el exilio no es fácil, cuenta Jorge, el sentimiento de pérdida te invade todos los días. Hay que luchar, pero hay que buscarle otro futuro a nuestros hijos, el mismo que teníamos nosotros, antes de que todo esto llegara”.